domingo, 5 de abril de 2009

The gun seller (una noche de perros)


O'Neal emergió por la puerta principal del ministerio a las siete y diez. Saludó al guardia, que no le hizo el menor caso, y salió al crepúsculo de Whitehall. Llevaba un maletín, cosa de por sí extraña —porque nadie lo hubiese dejado salir del edificio con nada más importante que unas cuantas hojas de papel higiénico—, así que quizá era una de esas curiosas personas que utilizan un maletín como parte del atrezo. No lo sé.

Lo dejé alejarse algunos centenares de metros antes de comenzar a seguirlo, y tuve que trabajar duro para no darle alcance, porque O'Neal caminaba a un paso peculiarmente lento. Cualquiera hubiera pensado que disfrutaba del buen tiempo, si es que hubiese habido alguno que disfrutar. No fue hasta que cruzó The Mall y aceleró un poco el paso que comprendí que había estado paseando; interpretaba el papel del tigre de Whitehall a la caza, amo y señor de todo lo que veía, conocedor de los mayores secretos de Estado, cualquiera de los cuales habría bastado para dejar en paños menores al habitual turista papanatas si él o ella lo hubiese sabido. Una vez fuera de la selva y en la sabana abierta, ya no tenía sentido seguir con el numerito, así que caminó normalmente.

O'Neal era uno de esos hombres por
los que podrías sentir compasión, de haber tenido tiempo. No sé por qué, pero había esperado que fuese directamente a su casa. Me imaginé una casa con terraza en Putney, donde una sufriente esposa lo alimentaría con jerez y bacalao al horno y le plancharía las camisas mientras él gruñía y meneaba la cabeza al ver las noticias en la tele, como si cada palabra tuviese añadido un oscuro significado para él. Sin embargo, subió la escalinata, pasó por delante del Institute of Contemporary Arts, para pasar a la calle Pall Mall y el Travellers Club. No valía la pena que intentase nada allí. Miré a través de las puertas de cristal mientras O'Neal le preguntaba al conserje que mirase en su casillero, que estaba vacío, y cuando lo vi quitarse el abrigo y entrar en el bar consideré que no pasaría nada si lo dejaba durante un rato.

Compré una hamburguesa y patatas fritas en un puesto de la calle Haymarket y deambulé un rato. Masticaba mientras paseaba y me entretenía mirando a la gente vestida con brillantes camisas que entraban en los teatros para ver los espectáculos musicales que llevaban en cartelera desde antes que yo naciera. Había comenzado a formarse una depresión sobre mis hombros mientras caminaba, y comprendí, sorprendido, que estaba haciendo lo mismo que O'Neal; miraba a mis compañeros humanos con una expresión cínica y cansada de «Imbéciles, si vosotros supierais». Me apresuré a quitármela de encima y arrojé la hamburguesa a una papelera.

O'Neal salió a las ocho y media, y fue por Haymarket hasta Piccadilly. De allí continuó
por Shaftesbury Avenue, para luego doblar a la izquierda y entrar en el Soho, donde la animación de la charla de quienes iban al teatro dio paso a los tonos más bajos de los bares de alterne y las salas de striptease. Unos enormes mostachos con hombres pegados detrás rondaban en los portales y murmuraban cosas sobre «espectáculos eróticos» mientras pasaba. O'Neal también se veía asediado por los porteros, pero parecía saber cuál era su destino, y ni una sola vez volvió la cabeza hacia los productos ofrecidos. En cambio, fue de izquierda a derecha unas cuantas veces, sin mirar nunca atrás, hasta que llegó a su oasis: The Shala. Entró sin vacilar.

Yo seguí andando hasta el final de la calle, me demoré un minuto, y después regresé para admirar la intrigante fachada del Shala. Las palabras «Vivo», «Chicas», «Erótico», «Baile» y «Sexy» aparecían pintadas alrededor de la puerta en un estilo desordenado, como si te invitasen a que intentaras hacer una frase con ellas, y había una media docena de fotos amarillentas de mujeres en ropa interior clavadas dentro de una vitrina. Había una muchacha con una ajustada falda de cuero en la entrada, y le sonreí de una manera que decía que era de Noruega y que sí, el Shala parecía el mejor lugar para pasárselo bien después de una dura jornada de ser noruego. Habría dado lo mismo que le hubiese gritado que entraría ahora mismo con un lanzallamas; dudo que hubiese parpadeado, o que pudiese parpadear, con el peso de todo aquel maquillaje. Le pagué quince libras y rellené una tarjeta de socio a nombre de Lars Petersen, con domicilio en la Brigada Antivicio, New Scotland Yard, y bajé los escalones hasta el sótano para ver exactamente lo vivo, sexy, erótico, con baile y chicas que podía ser el Shala.

Era un tugurio penoso. Muy, muy, pero que muy penoso. La dirección había decidido que reducir la iluminación al máximo era una alternativa barata a la limpieza del local, y tenía la constante sensación de que los trozos de moqueta se despegaban con las suelas de mis zapatos. Había una veintena de mesas dispuestas alrededor de un pequeño escenario donde tres muchachas de ojos vidriosos se movían al compás de una música estruendosa. El techo era tan bajo que la más alta de ellas bailaba encorvada; pero, sorprendentemente, si se tenía en cuenta que las tres estaban desnudas y que la música era de los Bee Gees, las chicas lo hacían con mucha dignidad.

O'Neal ocupaba una mesa en primera fila, y parecía estar embobado con la chica de la izquierda, una criatura paliducha a la que, a mi juicio, le habría venido de perlas una doble ración de empanada de carne y riñones y dormir toda una noche. Mantenía la mirada fija en la pared al fondo del local y nunca sonreía.

—¿Qué le sirvo? —me preguntó un hombre con granos en el cuello inclinado sobre la barra.

—Whisky, por favor. —Me volví hacia el escenario.

—Cinco libras.

Lo miré.

—¿Perdón?

—Cinco libras por el whisky. Tiene que pagarme ahora.

—No lo creo. Usted me sirve el whisky, y yo le pago.

—Primero paga.

—Primero va y se mete una pala por el culo.

Le sonreí para hacerle comprender que no
pretendía ofenderlo. Me sirvió el whisky. Yo le pagué cinco libras. Después de estar diez minutos en la barra, decidí que O'Neal estaba allí para disfrutar del espectáculo y nada más. No consultaba su reloj ni miraba hacia la puerta, y bebía ginebra con tal abandono que me convenció de que se tomaba un descanso. Me acabé mi copa y me acerqué a su mesa.

—No me lo diga. Ella es su sobrina y sólo hace esto para conseguir su carnet del sindicato de actores y entrar en la Royal Shakespeare Company. — O'Neal se volvió para mirarme, alucinado, mientras yo cogía una silla y me sentaba—. Hola.

—¿Qué está haciendo aquí? —me preguntó, irritado. Creo que quizá se sentía un tanto avergonzado.

—Un momento. No es así como debe ser. Se supone que usted dice «Hola» y yo digo: «¿Qué está haciendo aquí?»

—¿Dónde demonios ha estado, Lang?

—Aquí y allá. Como usted bien sabe, soy un pétalo arrastrado por los vientos otoñales.
debería figurar en mi expediente.

—Me ha seguido hasta aquí.

—«Seguido» es una palabra muy fea. Yo prefiero «chantaje».

—¿Qué?

—Pero, por supuesto, significa algo del todo diferente. Así que, vale, digamos que lo he seguido hasta aquí.

Comenzó a mirar en derredor, en un intento por averiguar si había traído conmigo a algunos amigos más grandes, o quizá buscaba a algunos de sus amigos más grandes. Se inclinó hacia mí y me espetó:

—Está metido hasta el cuello en un lío de mucho cuidado, Lang. Es justo que se lo advierta.

—Sí, creo que probablemente tenga razón. Sin duda, una de las cosas en las que estoy metido es en un lío de mucho cuidado. Otra es en un tugurio de striptease. Con un funcionario de nivel superior que permanecerá innombrado al menos durante una hora.

Se reclinó en la silla y una mueca peculiar se extendió por su rostro. Alzó las cejas, las
comisuras de la boca subieron. Me di cuenta de que era el comienzo de una sonrisa. En un kit para montar.

—Oh, Dios mío. Está intentando hacerme chantaje. Es terriblemente patético.


—¿Lo es? Vaya, eso es algo que no podemos permitir.


—He quedado en reunirme con alguien aquí. No ha sido mía la elección del lugar. —Se
tomó su tercera ginebra—. Le estaría muy agradecido si tuviese la bondad de irse a alguna otra parte, así me evitará llamar al portero para que lo eche. La banda sonora había pasado sin solución de continuidad a una fuerte pero blanda interpretación de War, what is good for?, y la sobrina de O'Neal se acercó al borde del escenario y nos dedicó un solo de vagina, casi al ritmo de la música.



—No sé... Me gusta esta pocilga.

—Lang, se lo advierto. Ahora mismo su credibilidad es casi nula. Tengo una reunión importante, y si la estropea, o me incordia de la manera que sea, tendré que adoptar las medidas pertinentes. ¿Me he expresado con claridad?

—El capitán Mainwaring. Es a él a quien me recuerda.

—Lang, por última vez...

Se interrumpió al ver la Walther de Sarah. Creo que yo hubiese hecho lo mismo de haber estado en su lugar.

—Creía que había dicho que no llevaba armas —manifestó al cabo de unos momentos,
nervioso, pero sin querer demostrarlo.

—Soy una víctima de la moda. Alguien me dijo que era lo que se llevaba este año, y
sencillamente no pude resistirme. —Comencé a quitarme la chaqueta. La sobrina continuaba a poco más de un metro de la mesa, pero seguía mirando la pared del fondo.

—No será capaz de disparar una arma aquí, Lang. No creo que esté usted tan loco.


Hice una bola con la chaqueta y deslicé el arma en uno de los pliegues.


—Claro que lo estoy. Del todo. Me conocían por Thomas Perro Loco Lang.


—Comienzo a...


La copa vacía de O'Neal estalló. Los fragmentos se desparramaron por la mesa y el suelo.
Se puso muy pálido.

—Dios mío... —tartamudeó.


El secreto está en el ritmo: lo tienes o no. Había disparado cuando sonaba uno de los
grandes acordes de War, y no hice más ruido del que hubiese hecho lamiendo la lengüeta de un sobre. Si lo hubiera hecho la sobrina, habría disparado en un compás no acentuado y lo habría estropeado todo.

—¿Otra copa? —pregunté, y encendí un cigarrillo para disimular el olor de la pólvora—
Yo invito.

Una noche de perros
The Gun Seller
Hugh Laurie

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