sábado, 30 de mayo de 2009

'ODA' A BUFFALO SPRINGFIELD


"No els conec" dius? No m'ho crec. Escolta...
'There's something happening here...'
No?
'...There's a man with a gun over there...'
Espera, ara comença l'estribillo
'I think it's time we stop, hey, what's that sound everybody look what's going down'.
No et sona?

No pot ser que "springfield" per tu nomes sigui un poble de dibuixos animats!
Que no sàpigues que hi tocava Neil Young! Saps qui es Neil Young?
Es increïble que jo conegui un grup que va desaparèixer abans que jo nasques,
i tu amb 30 anys no els haguessis sentit mai.

Que no et soni el 'Stop, hey, what's that sound everybody look what's going down. Stop, children, what's that sound everybody look what's going down...' ho trobo molt trist.
I la cultura musical en que s'ha quedat?
En veure com els de "operación triunfo" destrossen cançons?
En quin món vivim.




A vegades penso que hauria d'haver nascut abans, clar que llavors, ara, tindria 40 anys, i cabells blancs i panxa i dos fills, potser estaria al paro i amb una hipoteca a 30 anys per pagar... Ben mirat, ja m'està be tenir-ne 25 ara i arrossegar d'en tan en tan aquesta sensació de nostàlgia per una època que no he viscut.



Jordi! Segur que tu t'en recordes d'aquesta canço oi? Tinc totes les esperances posades en tu...
i no t'estic dient "viejo". ;)

jueves, 28 de mayo de 2009

CONVERSES DE BAR





Dimecres 27-05-09, 10:30h
Bar "Vol de nit", Sarrià, Barcelona
MANOLO I JO
També respon si li dius 'Manuel'..., el cambrer, vaja.



- Estáis todos con que hace frío, ¿que os pasa hoy?

- Frío no, pero quiero ponerme mis pantalones cortos ya. A ver cuando puedo con la mierda de tiempo que hace.

- Hasta el 40 de Mayo

- ¿Cuando es el 40 de Mayo?

- Cuando te quites el sayo.

- ¡Ya!

- Eso es una cosa que decían los mayores y se va heredando...

- No, eso es una putada. Yo quiero mis pantalones cortos.

- Muy bien. ¿Y algo mas?

- Y un café con leche y un bocadillo para llevar, siusplau.


sábado, 23 de mayo de 2009

LA TÚNICA AZAFRÁN


Capítulo primero

Extrañas sombras se rizaban ante mi distraída mirada ondulando en mi visión como polícromos fantasmas de un mundo remoto y agradable. El agua moteada de sol estaba tranquila muy cerca de mi rostro. Suavemente metí un brazo debajo de la superficie y contemplé las perezosas olitas que causó ese movimiento. Esforzando los ojos, miré las profundidades. Sí, aquella piedra grande y vieja, allí era donde él v ivía... ¡y salía para saludarme! Perezosamente, pasé los dedos por los lados del pez ya inmóvil excepto por el ágil mo vimiento de las aletas, mientras se quedaba quieto junto a mi mano.

Él y yo éramos viejos amigos y con frecuencia iba a echarle comida al agua antes de acariciarle el cuerpo. Habíamos llegado a la completa comprensión que sólo logran los que no se temen. ¡Por entonces ni siquiera sabía yo que los peces eran comestibles! Los budistas no les quitan la vida a los otros ni les hacen sufrir.

Aspiré profundamente y metí la cara bajo la superficie, deseoso de mirar más de cerca aquel otro mundo. Allí me sentía como un dios contemplando una forma de vida muy diferente. En alguna corriente invisible ondulaban levemente altas frondas, y fuertes plantas acuáticas se erguían como los árboles gigantescos de un bosque. Un reguero arenoso serpenteaba bordeado por plantas verde-pálidas que semejaban mucho un césped bien atendido. Pececillos multicolores de grandes cabezas pasaban raudos y se lanzaban por entre las plantas en su continua búsqueda de alimento y diversión. Un enorme caracol de agua descendía trabajosamente por una gran roca gris para realizar su tarea de limpiar la arena.

Pero estaban a punto de estallarme los pulmones; el cálido sol de mediodía me abrazaba el cuello por detrás y las ásperas piedras de la orilla me
arañaban la carne. Lanzando una última mirada a mi alrededor, me arrodillé y agradecidamente respiré hondo el fragante aire. Aquí, en MI mundo, las cosas eran muy diferentes que en el plácido mundo que yo había estado estudiando. Aquí dentro había remolinos; mucha inquietud.

Doliéndome un poco de la herida, que se me iba cicatrizando en mi pierna izquierda, me puse en pie, apoyé la espalda contra un viejo árbol favorito mío y miré a mi alrededor. El Norbu Linga era como una llamarada de color; el verde intenso de los sauces, el escarlata y oro del Templo de la Isla y el denso, densísimo azul del cielo realzado por el blanco puro de las deshilachadas nubes que llegaban veloces sobre las montañas de la India. Las tranquilas aguas del lago reflejaban y exageraban los colores y creaban un aire irreal cuando una brisa vagabunda rizaba el agua y hacía que el cuadro se emborronase al moverse las figuras.

Todo esto era pacífico y, sin embargo, más allá del muro, como yo podía ver, las condiciones eran muy diferentes. Monjes con hábitos rojizos pasaban llevando pilas de ropa para lavar. Otros estaban sentados junto al reluciente arroyo y retorcían las prendas para que se empaparan bien. Las cabezas afeitadas brillaban al sol y, a medida que avanzaba el día, se iban enrojeciendo. Pequeños acólitos, recién llegados a la lamasería, saltaban en un frenesí de excitación mientras golpeaban sus túnicas con grandes y suaves piedras para que pareciesen más viejas, más gastadas, y dando así la impresión de que quien la llevaba hacía más tiempo que había sido acólito.

De vez en cuando el sol reflejaba la luz en las doradas vestimentas de algunos augustos lamas que viajaban entre el Potala y el Pargo Kaling. La mayoría de ellos eran hombres de venerable aspecto, que se habían hecho viejos al servicio del Templo. Otros, poquísimos, eran jóvenes y algunos de ellos Encarnaciones Reconocidas, mientras que otros habían progresado por sus propios medios. De un lado a otro, pareciendo muy alertas y feroces, iban los vigilantes, corpulentos hombres de la provincia de Kham, encargados de la tarea de mantener la disciplina. Erguidos y volumi nosos, llevaban enormes trancas como señal de su cargo. No eran intelectuales sino hombres íntegros de gran musculatura, elegidos sólo por ella. Uno se me acercó y me miró con irritada curio sidad. Aunque tarde, me reconoció y se marchó en busca de culpables que merecieran su atención.

Detrás de mí, la imponente masa del Potala -«el Hogar del Dios»-, una de las más gloriosas obras humanas, se elevaba hacia el cielo. La roca de múltiples matices relucía suavemente y enviaba muy diversos reflejos a las plácidas aguas. Por un efectismo de la mudable luz, las talladas y coloridas figuras de la base parecían dotadas de vida y en movimiento como un grupo de personas en animada discusión. Grandes ramalazos de luz amarilla reflejados por las Tumbas Doradas en el tejado del Potala se movían rápidos y formaban animadas manchas en los rincones montañosos más oscuros. Un súbito «zank» y el crujido de una rama me hizo prestar atención a esa nueva fuente de atracción. Un antiguo pájaro, más viejo que el mayor de los acólitos, se había posado en el árbol que estaba detrás de mí.

Mirándome con ojos notablemente redondeados, dijo «¡cruaak!», y de pronto se volvió para atrás. Extendió toda la longitud de su cuerpo y violentamente agitó sus alas mientras lanzaba hacia mí, con fuerza y precisión extraordinarias, un «regalo» que yo no quería, aunque dando un desesperado salto a un lado pude escapar de ser el blanco. El pájaro se dio de nuevo la vuelta para mirarme otra vez, y dijo «¡cruaak! ¡cruaak!», antes de dejar de prestarme atención atraído por algo que le interesaba más en otra parte.

En la suave brisa llegaron los primeros débiles sonidos de un grupo, que se aproximaba, de mercaderes de la India. Los yaks protestaban de los intentos de sus conductores por darles prisa. Se oían los asmáticos crujidos y chirridos de los viejos arreos de cuero, el arrastrar de muchos pies y el musical tintineo de los guijarros lanzados a los lados por el paso de la caravana. Pronto pude ver las pesadas bestias muy cargadas con exóticos bultos. Con grandes cuernos sobre sus peludas cejas los enormes anima les caminaban ascendiendo y descendiendo con su lento e incansable paso. Los mercaderes, algunos de ellos con turbantes, otros con viejos gorros de piel y algunos con gastado tocado de fieltro.

-¡Limosnas, limosnas por amor de Dios! -gritaban los mendigos-. ¡Ah! -exclamaban, mientras los comerciantes avanzaban insensibles-. ¡Vuestra madre es una vaca que se juntó con un jabalí, vuestra semilla es la de Sheitan, a vuestras hermanas las venden en el mercado!

Raros olores me cosquilleaban en la nariz haciéndome respirar profundamente y luego estornudar con fuerza. Perfumes del corazón de la India, paquetes de té chino, polvo antiguo que se desprendía de los bultos que transportaban los yaks, todo ello traía su olor hacia mí. A lo lejos, se perdían el sonido de las campanillas de los yaks, las altas voces de los mercaderes y las imprecaciones de los mendigos.

Pronto tendrían las damas de Lhasa acaudalados visitantes en sus puertas. Pronto los tenderos regatearían los precios que pedían los mercaderes; levantarían las cejas y elevarían la voz ante los precios inexplicablemente aumentados. Pronto tendría yo que volver al Potala. Se me escapaba la atención. Ociosamente, contemplaba las abluciones de los monjes, dos de ellos a punto de pegarse porque uno había amenazado con lanzarle agua al otro. Actuaron rápidos los vigilantes y se llevaron a los dos monjes revoltosos, cada uno de ellos bien sujeto por uno de los «Guardianes de la Paz».

Pero ¿qué era aquello? Mi mirada recorrió los matorrales. Dos diminutos y brillantes ojos me miraban inquietos casi al nivel del suelo. Dos orejitas grises se inclinaban hacia mí. Un cuerpo pequeñito estaba agazapado y dispuesto a lanzarse si yo hacía algún movimiento falso. Un ratoncito gris se preguntaba si le sería posible pasar entre mí y el lago a su regreso. Mientras yo lo miraba, se lanzó hacia adelante sin dejar de mirarme. No debía de haberse preocupado; sin mirar por dónde iba tropezó de cabeza contra una rama caída y, con un agudo chillido de dolor, saltó con una patita en el aire. Había sido un salto lateral excesivo, pues cuando cayó perdió pie y fue a parar al lago. El pobrecillo no podía salir y estaba en peligro de que lo atrapara un pez cuando yo me metí hasta las rodillas en el agua y lo saqué.

Secándolo cuidadosamente con el extremo de mi túnica, volví a la orilla y dejé el tembloroso paquetito en el suelo. No tardó en desaparecer por la pequeña madriguera, sin duda agradecido de haber podido escapar. Por encima de mí el antiguo pájaro lanzó un burlón « ¡cruaak!» y voló ruidosamente en dirección a Lhasa. ¿En dirección a Lhasa? ¡Eso me recordó que debía dirigirme al Potala!

Sobre el muro del Norbu Linga los monjes se inclinaban observando la ropa puesta a secar en el suelo. Todo tenía que ser cuidadosamente vigilado antes de recogerlo; un Hermanito Es carabajo podía estar paseando por la ropa y recoger las prendas significaría aplastar al Hermanito, un acto que haría temblar y palidecer a un sacerdote budista. Quizás un Gusanito se hubiera refugiado del sol bajo la ropa de un alto lama, y el Gusanito tendría que ser puesto a salvo para que su destino no fuese alterado por el hombre.

Los monjes se agachaban, miraban y suspiraban con alivio cuando una criaturita tras otra era salvada de la muerte segura. Paulatinamente, las pilas de ropa lavada crecían a medida que las preparaban para llevarlas al Potala. Los pequeños acólitos vacilaban cargados con grandes montones de ropa ya seca; algunos no podían ver, pues les tapaba la vista el montón de ropa. Entonces surgía una súbita exclamación cuando alguno tropezaba y enviaba todo el montón al polvoriento suelo o incluso al barro de la orilla del río.

Desde lo alto del tejado llegaba el palpitar y el zumbido de las caracolas y de las grandes trompetas. Sonidos que producían ecos en las distantes montañas, así que, a veces, si las condiciones eran adecuadas, le rodeaban a uno vibraciones y los sonidos rebotaban en el pecho durante minutos. Entonces, de pronto, todo se quedaba tranquilo, tan tranquilo que se podían oír los latidos del corazón.

Salí de la sombra del árbol amigo y penetré por un hueco que había en la valla. Me temblaban las piernas; hacía algún tiempo había sufrido una grave quemadura en la pierna izquierda -no se me curó bien- y luego se me partieron las dos piernas cuando una fuerte racha de viento me arrancó del tejado del Potala y me arrojó rodando por la falda de la montaña. Así que cojeaba y durante algún tiempo me dispensaron de hacer mis trabajos cas eros. Pero mi alegría por esa inactividad la estropearon haciéndome estudiar más «para que la deuda fuera saldada», según me informaron. Hoy, que era día de lavado, me dieron permiso para no trabajar y quedarme descansando en el Norbu Linga.

No podía regresar por la entrada principal, pues todos los altos lamas y abades estarían por allí. Ni podría utilizar los durísimos escalones que yo solía contar, «noventa y ocho, noventa y nueve, cien, ciento uno...» Me estuve junto a la carretera mientras pasaban por ella lamas, monjes y peregrinos. Luego hubo algún tiempo de calma y crucé la carretera, cojeando, para meterme entre los matorrales, subiendo a lo largo del precipicio en la falda de la montaña hasta dejar abajo el pueblo de Shó y tomé por el camino lateral entre los tribunales de justicia y el Potala.

El camino era áspero pero hermoso con su profusión de pequeñas plantas entre rocas. El aire refrescaba y mis piernas empezaban a dolerme intolerablemente. Me recogí mi andrajosa túnica vieja y me senté sobre una roca conveniente para recuperar energía y aliento. En dirección a Lhasa podía ver pequeñas fogatas, pues los mercaderes acampaban al aire libre como solían hacer los indios en vez de quedarse en una de las hosterías. Más allá, hacia la derecha, veía el reluciente río que partía en su in menso viaje hacia la bahía de Bengala.

-¡Ur-rorr, ur-rorr! -dijo una profunda voz de bajo, y una peluda cabeza tropezó contra mis rodillas-. ¡Ur-rorr, ur-rorr! -respondí amablemente. Trasun confuso movimiento un gran gato negro se plantó sobre mis piernas y acercó su cara a la mía -. ¡Ho norable Puss Puss! -dije a través de la densa pelambrera-. Me estás ahogando con tus atenciones. Le puse suavemente las manos sobre sus lomos y lo eché hacia atrás un poco para poderlo mirar bien. Unos grandes ojos azules, levemente bizcos, me miraban. Sus dientes eran tan blancos como las nubes que teníamos encima, y sus orejas, muy grandes, estaban alertas al menor sonido. El Honorable Puss Puss era un viejo y valioso amigo. Con frecuencia nos reuníamos bajo algún arbusto protector y nos contábamos nuestros miedos, nuestras decepciones y todas las dificultades de nuestra penosa vida.

Ahora me mostraba su afecto «amasando» sobre mí, abriendo y cerrando sus grandes garras mientras ronroneaba cada vez más alto. Estuvimos allí juntos un rato y luego, a la vez, decidimos que ya era hora de marcharse. Mientras yo seguía esforzándome en la subida, haciéndome tropezar mis pobres piernas, el Honorable Puss Puss iba delante con el rabo muy tieso. De vez en cuando se metía entre las matas y cuando yo llegaba a donde él estaba, saltaba y se acercaba juguetón a mi túnica que hacía flamear el viento.

-¡Vamos, vamos! -exclamé en una de esas ocasiones-. Ésta no es manera de comportarse el jefe de la Guardia de los Gatos. -Como contestación echaba hacia atrás sus orejas y subiéndose por delante de mi túnica llegaba a un hombro mío y desde allí se arrojaba de lado a unas matas. Me divertían nuestros gatos. Los utilizábamos como guardias, pues un gato siamés adecuadamente entrenado es más feroz que cualquier perro. Reposaban, aparentemente dormidos, junto a los Objetos Sagrados. Si los peregrinos intentaban tocarlos o robarlos, esos gatos -siempre en parejaslos inmovilizaban amenazándoles la garganta. Eran feroces, y sin embargo yo podía hacer lo que quisiera con ellos y, como eran telepáticos, podíamos conversar sin dificultad.

Llegué a la entrada natural. El Honorable Puss Puss había lle gado ya y enérgicamente arrancaba grandes astillas del poste de madera que había junto a la puerta. Cuando levanté el picaporte el gato empujó la puerta con su fuerte cabeza y desapareció en la humeante penumbra. Yo iba mucho más despacio.

Aquél era mi hogar temporal. Debido a las heridas de mi pierna me habían enviado de Chakpori al Potala. Ahora, al entrar en el corredor, me llegaban los familiares olores «a casa». El omnipresente aroma del incienso, los diferentes perfumes según el tiempo y la finalidad para los que ardían. El acre, rancio y punzante olor de la manteca de yak que empleábamos en nuestra lámpara, o para calentar pequeños cacharros como cazos, y que utilizábamos para hacer escultura durante los días fríos. Era insis tente. Por muy fuerte que frotásemos (¡y no frotábamos dema siado!), aquel aroma estaba siempre allí calándolo todo. Un olor mucho menos agradable era el de excremento de yak que, cuando se secaba, usábamos para calentar las habitaciones de los ancianos y enfermos.

Pero ahora avanzaba yo inseguro por el corredor dejando atrás las vacilantes lámparas de manteca que hacían aún más tétricos los muy sombríos corredores. Otro «perfume» que siempre estaba presente en todas las lamaserías, un «perfume» tan familiar que no lo notaba uno, a menos que el hambre hubiera agudizado nuestras percepciones, era la «tsampa». Olor a cebada tostada, olor a té chino, olor a manteca caliente. Mezclándolos resulta la inevitable y perpetua tsampa. Algunos tibetanos nunca han probado más alimento que la tsampa; desde que nacieron están habituados a ese sabor y es el último alimento que prueban. Es su comida, su bebida y su consuelo. Los mantiene durante los más duros trabajos físicos y les proporciona energía cerebral. Pero siempre he creído que suprime el interés sexual, de modo que el Tibet no tiene dificultad para ser un Estado de célibes, una tierra de monjes y con un nivel de nacimientos en constante disminución.

El hambre había agudizado mis percepciones y así pude apreciar el aroma de la cebada tostada, la manteca caliente y el té chino prensado. Anduve cansadamente por el corredor y me volví hacia la izquierda cuando me llegó más fuerte el aroma. Allí, en grandes calderas de cobre, los monjes cocineros metían la cebada tostada en té hirviendo. Uno introducía varias libras de manteca de yak y la disolvía y otro echaba la sal que habían traído los de una tribu de los lagos de las tierras altas. Un cuarto monje, con un cucharón de diez pies de longitud, removía la mezcla. La caldera hervía, salían a la superficie ramitas del té prensado y las quitaba el monje que manejaba el cucharón. Las boñigas de yak quemándose bajo la caldera soltaban un olor acre y nubes de humo negro. Todo aquel sitio estaba envuelto en humo y las negras y sudorosas caras de los monjes cocineros podían haber sido las de unos seres de algún profundo infierno.

Con frecuencia el monje de la pala sacaba la manteca que flotaba en la caldera y la tiraba al
fuego. Se producía un chirrido, una llamarada ¡y un nuevo mal olor!

-¡Ah, Lobsang! -gritó un monje sobre el estruendo allí reinante- ¿Vienes otra vez en busca de comida? ¡Pues sírvete, chiquillo, sírvete!

Saqué del interior de mi túnica la bolsita de cuero en la que nosotros los monjes guardábamos la provisión de cebada para un día. Sacudiéndole el polvo, la llené hasta el borde con nueva cebada recién tostada. De la delantera de mi túnica saqué mi cuenco y lo miré con gran atención. Estaba un poco estropeado. Del gran recipiente que había contra la pared del fondo saqué un puñado de arena muy fina y froté mi cuenco. ¡A la vez me sirvió aquello para limpiarme las manos! Por fin me quedé satisfecho de su estado de limpieza. Pero tenía que hacer otra cosa: mi bolsa de té estaba vacía, o más bien, sólo contenía unos palitos, un poco de arena y otras suciedades que siempre se encuentran en el té. Esta vez le di por completo la vuelta a la bolsa para vaciarla de todos los restos. Poniéndola otra vez al derecho, cogí un martillo y separé del té prensado que tenía más cerca un buen pedazo.

Me había tocado mi turno; una vez más saqué mi escudilla, la recién limpiada, y la tendí. Un monje me sirvió tsampa hasta el borde. Afortunadamente pude retirarme a un rincón y sentarme sobre un saco, comiendo allí a gusto. Mientras comía miraba a mi alrededor. La cocina estaba llena de los habituales mirones, gente ociosa que se complacía contando los últimos chismes y amplificando los rumores que habían oído: «Sí, el lama Tenching va a la Valla de las Rosas. Se dice que se peleó con el señor abad. Mi amigo lo oyó todo y dice...»

La gente tiene ideas muy extrañas sobre las lamaserías o los monasterios. Con frecuencia se cree que los monjes se pasan todo el día rezando, en contemplación o en meditación, «pareciendo buenos y diciendo sólo cosas buenas». Una lamasería es un lugar donde, oficialmente, hombres de vocación religiosa se congregan con el propósito de adorar y de la contemplación para que el Espíritu se purifique. ¡Oficialmente! Pero extraoficialmente el hábito no hace al monje. En una comunidad de varios miles hay quienes se ocupan de los deberes caseros y de la reparación y el mantenimiento del edificio. Otros cuidan de las cuentas, de la vigilancia de los inferiores, de enseñar y predicar... ¡ya basta con eso! Una lamasería puede ser una gran ciudad con una población exclusivamente masculina. Los trabajadores serán los monjes de clase más inferior y no tendrán interés en el aspecto «religioso» de la vida, al que sólo prestarán una atención superficial. ¡Algunos monjes sólo han estado en un Templo cuando han tenido que limpiar el suelo!

Una gran lamasería tendrá un lugar de culto, escuelas, enfermería, almacenes, cocinas, hostales, prisiones y casi todo lo que se halla en una ciudad «laica». La principal diferencia es que en una lamasería todo es masculino y -por lo menos en la superficie- todos se dedican a «la instrucción y acción religiosa». Las lamaserías tienen sus trabajadores serios y sus bien intencionados zánganos que zumban mucho. Las mayores lamaserías son ciudades con muchos edificios y parques extendidos en una amplia área y a veces toda la comunidad está cercada por un alto muro. Otras lamaserías son pequeñas, sólo poseen un centenar de monjes, todos ellos en un edificio.

En algunas zonas remotas, una lamasería puede tener no más que diez miembros. Así las hay desde diez a diez mil, altos y bajos, gruesos o delgados, buenos y malos, perezosos o enérgicos. Lo mismo que en algunas comunidades exteriores, no son peores que en ellas y muchas veces no mucho mejores, a no ser que la disciplina lamástica pueda ser casi militar; todo depende del abad. Puede ser un hombre amable y considerado o, en cambio, convertirse en un tirano. Contuve un bostezo y seguí por el corredor. Me llamó la atención un rumor procedente de uno de los depósitos; pude ver una cola negra que desaparecía entre sacos de cuero que contenían grano. Los gatos «guardaban» el grano y al mismo tiempo se buscaban su cena cazando ratones. En lo alto de uno de los sacos vi un gato de aire satisfecho que se limpiaba sus patas y que casi sonreía de satisfacción.

Sonaron las trompetas reverberando en los corredores con sus ecos y luego volvieron a sonar. Me volví, dirigiéndome al Templo Interior al oír el ruido de muchas sandalias que se arrastraban hacia allí y de pasos de pies descalzos.

Dentro se hacía más densa la oscuridad de la tarde con las sombras moradas que se deslizaban sobre el suelo y que bordeaban de ébano las columnas. Los lados de las ventanas los doraban los dedos del sol, que daban una última caricia a nuestro hogar. Pasaban nubes de incienso y, al atravesarlas un rayo de sol, mostraban ser infinitas motas de polvo de vivos colores y casi dotadas de vida.

Los monjes, los lamas y los humildes acólitos pasaban y se acomodaban en el suelo, añadiendo cada uno una nota de color que se reflejaba en el aire vibrante: las túnicas doradas de los lamas del Potala, las de color azafrán o rojo de otros, las marrones oscuras de los monjes y las descoloridas por el sol de los que solían trabajar fuera. Todos ellos se sentaban en filas en la posición aprobada. Yo -a causa de mis graves heridas de la pierna que me impedían sentarme de la manera mandada- quedé relegado a una posición al fondo, donde estuve oculto por una columna envuelta en humo para que no «destruyera la pauta».

Miré en torno mío viendo a todos los chicos, a los hombres mayores y a los viejísimos sabios, cada uno de los cuales atendía a sus devociones según su comprensión. Pensé en mi madre, la madre que ni siquiera me había dicho «adiós» cuando me marché de casa -¡cuánto tiempo parecía hacer de eso!- para ingresar en la lama sería de Chakpori. Hombres, todos hombres. Sólo sabía de hombres. ¿Cómo eran las mujeres? Yo sabía que en algunas partes del Tibet había monasterios donde los monjes y las monjas vivían juntos, casados, y tenían hijos. El incienso subía girando, el servicio religioso zumbaba, y el crepúsculo se hizo oscuridad sólo aliviada luego por las vacilantes lámparas de manteca y el suave y brillante incienso. ¡Hombres! ¿Acaso estaba bien que vivieran solos los hombres, sin rela ción alguna con las mujeres? ¿Y cómo eran las mujeres? ¿Acaso pensaban lo mismo que nosotros? Por lo que yo sabía, sólo se ocupaban de modas, peinados y tonterías por el estilo. Además, parecían máscaras con todo lo que se ponían en su rostro.

Cuando terminó el servicio religioso me puse difícilmente en pie temblándome las piernas y apoyé la espalda en la columna para que no me atropellaran los que salían. Luego me dirigí por el corredor al dormitorio. Un viento muy frío soplaba por las ventanas abiertas. Venía directamente del Himalaya. Las estrellas relucían muy frías en el claro aire de la noche. Por una ventana de abajo me llegaba una temblona voz que recitaba: «Ésta es la Noble Verdad del origen del sufrimiento. Es la insaciable sed que causa la renovación de los retornos...»

Mañana, me dije, y seguramente durante varios días, nos daría conferencias especiales sobre budismo uno de los grandes Maestros indios. Nuestro budismo -lamaísmo - se había separado de la estricta ortodoxia del «Budismo indio», de modo muy parecido a como la creencia cristiana tenía varias formas, por ejemplo, la cuáquera y la católica. Pero la noche había avanzado mucho y me aparté de la escarchada ventana. Alrededor de mí dormían los acólitos. Algunos roncaban y unos cuantos se movían inquietos, seguramente pensando en el «hogar», como también yo había pensado en él recientemente. Los había que trataban de mantener la correcta postura lamaísta de dormir: la posición del Loto. Por supuesto, no teníamos camas ni colchones. El suelo era nuestra mesa y nuestra cama.

Me quité la túnica y temblé con el aire tan frío de la noche cuando me quedé desnudo. En seguida me envolví en la manta que todos los monjes tibetanos llevan al hombro y sujeta en la cintura. Cuidadosamente me dejé caer hasta el suelo para que no me fallaran mis traicioneras piernas. Hice un rollo con mi túnica para utilizarla como almohada y me dispuse a dormir.


La túnica azafrán (1971)
T. Lobsang Rampa

"La túnica azafrán" es un llibre petit, amb les tapes granates de pell i el paper esgrogueït pel pas dels anys. Ja era del meu pare i me'l va deixar, segueix sent seu tot i que el tingui jo a Barcelona, dient-me que me'l llegís, que ell ho havia fet de jove i havia set el llibre que l'havia fet interessar-se per començar a descobrir mes coses de l'India i del Budisme Zen.


jueves, 21 de mayo de 2009

EL TRUCO...

DEL MANCODirección: Santiago A. Zannou
Guión: Santiago A. Zannou, Iván Morales
Música: Woulfrank Zannou.
Reparto:
Juan Manuel Montilla "Langui" (Cuajo), Ovono Candela (Adolfo), Javier Iglesias "Gordo" (Chacho), Elio Toffana (Galleta), Fanny Gatibelza (Cristina), Juan Navarro (Marquitos), Alicia Orozco (madre de Cuajo)


- Venga coño, reacciona de una puta vez. Te hablo de nuestro estudio, de un estudio profesional, con todas sus pijaditas. ¿Que me dices, te lo imaginas o no?

- ¿Y el dinero que?

- Ya veremos de donde sacamos el dinero, que la cuestión es ponerse ya. ¿Que me dices?

- No te digo nada, tío. Paso de movidas.


"¿Porque me da pena el 'Lenny Garvis', Adolfo, el moreno, y no el pobrecito Cuajo?" Después de ver la peli pensé en eso, como es que me daba pena el "normal" (por así decirlo, no es despectivo, es para que se me entienda...) y el cojo no. Por que aunque Cuajo sea cojo (Cuajo no viene de Cojo, sino de renacuajo...) y no levante un palmo del suelo tiene los cojones necesarios para hacer realidad sus sueños, o intentarlo. Mientras que el negro con eso de no querer meterse en marrones quiere pasar por la vida como de puntillas, viviendo y nada mas. Aunque en la peli sea Adolfo quien tenga que ayudar a Cuajo a bajar las escaleras para ir a a la parada del bus, en verdad es el pequeñajo el que ayuda a Adolfo a salir adelante. Paradójico, no?

"El truco del Manco" es una peli sencilla, con sus puntitos divertidos, su rollo "guai" y a la vez algo deprimente. Me recuerda a "Barrio"o "7 vírgenes", supongo que por los barrios marginales, los inmigrantes, las drogas y todo eso... Con personas que te las puedes cruzar cualquier día por la calle, que te cuentan su vida, sus planes de futuro, lo que tienen pensado hacer para conseguirlos y que tu simplemente les deseas suerte.


En "El truco..." hay gente que no se conforma con lo que le ha tocado vivir y quiere ir mas allá. Todos tenemos sueños pero la mayoría de las veces se quedan en solo eso, sueños. Seria genial dar un paso adelante para que pudiéramos lograrlo. Joder, no digo vender gameboys (creo que todavía existen) robadas, ni trapichear con abrigos de visón, ni robar bancos, pero hacer "algo". Sin excusas.

- ¿Has llamado a la Tsunami?

- ¿A ti que te importa?

- No se, necesitaras alguien que te eche una mano, un técnico aquí o algo...

- Lo que necesito es un colega que le eche dos cojones a la vida de una puta vez.

- Quiero que entiendas que a veces es jodido cuando uno esta hasta la polla tío.

- ¿'Hasta la polla'? 'Hasta la polla' de que, eh? ¿Tu sabes lo que es que te miren como un pobrecico? ¿O aguantar putas compasiones? ¿Que nadie quiera follar conmigo sino es pagando? ¿Que me tire una hora para ponerme un puto calcetín de mierda? ¡Pero mírame! ¿Tu sabes las que lío para meterme en la bañera? ¿Lo sabes? Porque se me quitan las ganas de bañarme, y no te digo na ya limpiarme el culo... las virguerías que tengo que pasar pa limpiarme el culo. ¿Y de verdad te crees que no estoy hasta la punta de la polla? Primo, que yo te entiendo eh. Te juro que te entiendo. Pero no me digas que no se puede. A mi, a mi no me digas que no se puede.


El niño lo intenta. Algunas veces no lo conseguirá, de hecho, no lo consigue. Pero seguro que lo volverá a intentar, y cuando salga, será genial. Eso de que no lo consigue no lo tengo tan claro. Vamos, si "el truco" del manco era montar un estudio de grabación "con sus pijaditas" va a ser que le ha salido mal, pero si "el truco" del manco solo consistía en intentar liarse un porro como Moha, entonces si que dio resultado. A veces todo es mas sencillo de lo que parece.

I ara no entenc perquè he escrit això en castellà però mireu la peli si la trobeu per aquests móns de Déu, o quan surti en DVD. No feu com jo i espereu a trobar el moment oportú per mirar-la perquè llavors podeu estar mesos tenint-la al calaix.

Ah, i la banda sonora es genial.

I el cameo del Garrido també...
!

domingo, 10 de mayo de 2009

Aires urbans


Ocells, vent, sol, olor a Maria, un lleuger so de saxo que surt d'alguna finestra pròxima i que serveix de banda sonora mentre un àrab crida "Al·leluia" i "Fill de puta" intermitentment, no li crida a ningú, de fet, passeja sol pel parc cridant "Fill de puta... Al·leluia, al·leluia,... fill de puta" i la gent del seu voltant fa com sinó sentís res...


Una mica mes enllà, un grup de dones amb cotxets fan la xerrada mentre els fills somien ser Iniesta, un vagabund passa pel costat arrossegat uns cartrons nous de trinca que acaba d'aconseguir per fer-se el catre aquesta nit i un negre cantusseja "Falling in love again..."


Dos mossos d'esquadra fan la ronda però mes aviat sembla que perdin el temps, com qualsevol dels que som allà, uns gossos simpàtics que volen saludar i jugar amb tothom mentre el seu amo seu tranquil menjant pipes en un banc, de cop es comença a sentir òpera, es barreja amb les notes de saxo però no ve del mateix lloc, miro enlaire i veig en una finestra una dona que feineja, "massa jove per tenir un disc d'òpera posat", penso.

Al banc del costat uns nois bevent i fumant porros, dos italians discutint sobre un tercer que casualment, no es allà, i un pare que persegueix el seu fill petit perquè vol fer la croqueta sobre la gespa i se li escapa. Se n'està anant el sol i fa fresca.


Em poso el jersei i m'estiro. He quedat a 2/4 de 8, encara tinc temps per fullejar el llibre que m'havia dut fins a aquest parc , i que gràcies a aquests aires urbans me n'havia oblidat completament. Es que a vegades cal ben poca cosa per desconnectar: una olor, el vent calorós de principis d'estiu, música, les converses entre la gent, o simplement veure que fa algú que no ets tu, veure com camina, endevinar què pensa i cap a on anirà després de creuar el parc...



Les fotos son dels jardins de Sant Pau del camp, un diumenge 23 de Març
I el text son apunts agafats el divendres 8 de Maig als mateixos jardins.