
1.EL ARTE.
El tres es un número impar.
-Es para ti, María José... Jaime González.
Después de trabajar más de quince años en el mismo departamento, todavía no había conseguido tener una secretaria para mí sola. Lorena, joven y atolondrada, pero voluntariosa, repartía su tiempo entre mis exigencias y las de Julián, un doctor en Historia del Arte, callado, taciturno y especialista en escultura barroca española -específicamente Alonso Berruguete-, que recepcionaba y tasaba más o menos de todo, igual que yo, pero sufriendo. A mí, en cambio, y a aquellas alturas, lo mismo me daba el azar que la necesidad. La empresa me había contratado como experta en pintura contemporánea y me pasaba la vida valorando joyas isabelinas, bargueños, bronces franceses del XVIII, y lo que me echaran. Yo quería ser pintora y descubrí a destiempo que no tenía talento suficiente. Esas cosas siempre se descubren a destiempo, sólo se descubren a destiempo, y no dejan espacio libre para descubrir ninguna otra cosa. Cuando renuncié, ni siquiera tenía veintidós años, pero hicieron falta muchos más para que lograra volver a sentirme tan vieja como en aquel momento.
-Pásamelo.
No puede ser Jaime González, me dije. Será alguien que se llame igual, él no. Y no tenía ni idea de quién podría compartir nombre y apellido con el único Jaime González que existiría jamás para mí. Quizás ese chico uruguayo que me había traído una tabla de Torres García tan exquisita, tan perfecta, tan redonda, que había cerrado la puerta de mi despacho para intentar convencerle en voz baja de que se la quedara, porque era un pecado subastar una obra como aquélla. Quizás ese nuevo rico gallego al que le había tramitado la adquisición de un espejo veneciano por el que había pujado hasta pagar una cantidad exorbitante, muy superior a su precio real y digna desde luego de un tardío arrepentimiento. Quizás un cliente nuevo, joven o viejo, rico o pobre, heredero o propietario de cualquier obra de arte que podía tener, o no, el valor que le suponía, ese dineral que acariciaba por las noches antes de dormirse, fruto de una leyenda familiar o del ingenuo cálculo de la revalorización que un galerista sin escrúpulos le había jurado por sus hijos que obtendría en el instante de pagar por ella. Claro que de vez en cuando aparece un Murillo auténtico en el desván de una casa de campo, pero incluso entonces, en un trabajo como el mío es muy difícil retener los apellidos, y casi nunca llego a conocer el nombre propio de las personas que me visitan.
El señor tal, el señor cual, dice Lorena al abrir la puerta, y yo lo apunto en un papel para que no se me olvide. Luego, antes de salir, tiro todas esas notas a la papelera. Trato cada día con muchas personas a las que saludo y de las que me despido en el intervalo de una media hora, para no volver a tener noticia de ellos nunca más. Por eso, aquella mañana descolgué el teléfono con dedos perezosos, despreocupados, ignorantes del temblor con el que volverían a dejarlo en su lugar unos minutos después.
-Buenos días, soy María José Sánchez, ¿en qué puedo ayudarle?
Ésa era mi presentación habitual, y la solté con un acento tan neutro como si la tuviera grabada, pero nadie respondió a mi saludo. El silencio duró un par de segundos. Luego, una voz muy distinta a la mía, ronca, ligeramente ahogada y sin embargo familiar, me llamó por un nombre en el que hacía muchos años que no me reconocía.
-Hola, José.
-Jaime... -murmuré al principio, como si no pudiera confiar en la experiencia de mis oídos, y luego chillé, chillé de sorpresa y también de alegría, esa alegría incrédula, irreflexiva, que provocan las apariciones que llegan del otro lado, de la otra mitad del tiempo o de la memoria-. ¡Jaime González! Dios mío, cuánto tiempo... ¿Cómo estás?
-Bien. Yo bien. ¿Y tú?
-Yo también estoy bien. Ahora sí. He tenido momentos malos, no creas, pero... -entonces me detuve, porque había pasado mucho tiempo, casi veinte años, demasiados para tensar con explicaciones el hilo de una intimidad tan antigua-. Bueno, sigo con este trabajo de mierda, ya lo sabes... ¿Y tú? ¿Estás pintando?
-No. Lo intenté durante algunos años, pero... Total, que ahora doy clases en la universidad. De dibujo, naturalmente. Bellas Artes, en Valencia.
-No está mal.
-Bueno, tampoco está bien. Tengo alumnos mejores que yo, eso sí.
-¡Oh! -me eché a reír, él no me siguió, y busqué cualquier otra cosa que decir pero no la encontré, no sabía de qué hablar con él, no se me ocurría nada, no lo podía creer y sin embargo así era-. ¿Y me llamas por...?
-No -me cortó, desdeñando de antemano cualquier hipótesis, y entonces me di cuenta de que algo, lo que fuera, iba mal-. Yo... Verás, José... ¿Has leído el periódico esta mañana?
-Entero no -yo también me había puesto seria sin saber por qué-. No he tenido tiempo todavía.
-Marcos ha muerto. Se ha suicidado. Se ha pegado un tiro con la pistola de su padre, te acuerdas, ¿no? Lo encontraron en su estudio, ayer por la tarde. A mí me avisó su ex mujer. El entierro es mañana, a la una... -hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz temblaba-. Tenía que contártelo, ¿sabes?, eso fue lo primero que pensé al enterarme, que tenía que decírtelo yo, que tenía que contártelo...
Se llamaba Marcos Molina Schulz. Cuando vi su nombre en la lista de los alumnos admitidos en la especialidad de Pintura, pensé que así cualquiera, que con un nombre como ése ya se podía ser artista. Yo no tenía tanta suerte, desde luego. Mi nombre, María José Sánchez García, ni siquiera García Sánchez, que suena bien, sino Sánchez García, y María José, encima, parecía condenado a vagar sin solución por el limbo cruel de todas las listas, ese infierno templado de la vulgaridad. Pero yo también quería ser artista, y era demasiado joven, demasiado insignificante como para adoptar un seudónimo. Por eso escogí una opción que me pareció al mismo tiempo más sencilla y más radical.
-Hola, me llamo José -le dije al primer compañero que se me acercó.
-¿José? -me preguntó, su extrañeza a punto de desembocar en una carcajada.
-Sí, José Sánchez -precisé, fingiendo una naturalidad que aún no sentía-. ¿Y tú?
El truco dio resultado, sobre todo porque mi aspecto desmentía por sí solo cualquier otra ambigüedad. En otoño de 1980 yo tenía diecisiete años y llevaba el pelo muy largo, una melena lisa, densa y casi rubia en verano, cuando el sol teñía por su cuenta los mechones que enmarcaban mi cara. Si me los recogía con un pasador detrás de la cabeza, parecía la modelo de un retrato renacentista, una damita florentina del Quattrocento que hubiera escapado de una tabla de Fra Filippo Lippi para cambiar la túnica y la corona de la Virgen María por unos vaqueros ajustados y una blusa transparente de algodón hindú. A mi abuela no le parecería muy femenina, pero en aquella época, y en una facultad donde la mitad de los varones llevaban el pelo tan largo como yo, mi imagen de madonna desorientada aportaba una garantía suficiente de que el travestismo no iba más allá de mi nombre propio. Eso era importante para mí incluso en el primer curso de Bellas Artes, un torneo a muerte por el trofeo de la originalidad entre una pequeña multitud de adolescentes narcisistas, enfermos de extravagancia.
En cuarto, cuando conocí a Marcos y a Jaime, ya había cumplido veinte años y no me esforzaba tanto por llamar la atención. Había aprendido a tomarme mi vocación en serio, y aunque en aquella época me habría dejado torturar hasta la muerte antes de reconocerlo en voz alta, ahora sé que ya había empezado a dudar de mí misma. No lo tenía fácil. Nunca había aprendido a dibujar, nadie me había enseñado. Era algo que hacía por instinto, sin saber ni siquiera que lo hacía bien, cuando mis dibujos empezaron a llamar la atención. Mi padre, que era arquitecto y se pasaba la vida con un lapicero en la mano, me vigiló a distancia, sin apremiarme ni dirigirme, sin comentar con nadie mi habilidad, hasta que cumplí doce años. Entonces, sólo entonces, me regaló un maletín de madera lleno de ceras, pasteles, témperas y lápices acuarelables, y un bloc Guarro de papel duro, poroso, que me pareció tan inmenso, tan inabarcable como un mapa del mundo en blanco.
Yo estaba acostumbrada a terminar el curso con unas notas discretas, aprobados más o menos exiguos, algún notable en lengua o en ciencias naturales, y un estruendoso sobresaliente en dibujo. Para mí era una cosa normal. En esa asignatura, y sólo en ésa, iba siempre por delante de las demás, dibujando un muñeco de madera articulado cuando ellas no habían acabado con las manzanas de plástico, copiando una máscara de Séneca cuando ellas empezaban con el muñeco de madera, y disfrutando de la felicidad del tema libre los dos últimos meses del curso, mientras las más rezagadas seguían dibujando melones por más que lo que tuvieran delante fueran manzanas y sólo manzanas. Yo no lo entendía, no lo podía entender, y tampoco era capaz de relacionar la suya con mi propia torpeza, esa incapacidad para la aritmética, por ejemplo, que me dejaba en blanco ante una división con decimales, porque las divisiones con decimales no existen, no tienen ninguna relación con el mundo de las cosas verdaderas, las que se pueden ver, las que se pueden tocar, las que se pueden contar. Nadie ha visto jamás una coma con decimales flotando en el aire, pero las manzanas están ahí, las acariciamos, las olemos, las tocamos, nos las comemos todos los días, y por eso es imposible no saber dibujarlas. Porque dibujar una cosa es conocerla, y todas las cosas que se conocen se pueden, se deben dibujar. Eso pensaba yo, y asumía con la misma naturalidad que mi ineptitud se trocara en brillantez cuando el programa de matemáticas saltaba de la aritmética a la geometría, esas formas y volúmenes desplazándose sobre un plano que yo no podía tocar, no podía oler, no podía comer, y sin embargo comprendía igual que si las estuviera viendo volar en el cielo.
Porque eso también era lo normal. Todos los años, en la fiesta de fin de curso, subía al escenario del salón de actos para recoger un premio de dibujo o de pintura, y mis padres me aplaudían con las mismas ganas que los padres de las otras niñas galardonadas. Hasta que él vio en mis dibujos algo que no había visto antes nadie más.
No sé lo que fue, pero recuerdo aquellos blocs de hojas grandes, duras, blanquísimas, como el principio de algo diferente, un camino que me llevaría a dibujar también las cosas que no conocía, las que nunca había visto. Mi padre fue un buen maestro, un guía mucho más audaz, más estimulante que las profesoras que había tenido hasta entonces. El nunca me dijo pinta lo que quieras, quizás porque sabía que así nunca dejaría de pintar esos paisajes ideales que parecían salidos de las películas de Walt Disney -verdes, floridos, pulcros, con lomas suaves y caminos sinuosos, y conejitos, y patitos, y pollitos, y un río con un puente, y una cascada de agua espumosa, y otra de hiedra tropical, todo bien empastado de cera, difúminado con el meñique y realzado después con trazos finos de lápices de colores-con los que ganaba invariablemente los premios del colegio. Él me dijo algo distinto, pinta lo que veas, y al principio no le entendí.
-Pero lo que veo es lo que hay, ¿no? Quiero decir que las cosas son como las vemos, esta mesa, esas sillas, la ventana...
-A lo mejor sí -fingió darme la razón al principio-, a lo mejor tienes razón. Pero figúrate que yo odio esta habitación. Por lo que sea, por alguna razón que ni siquiera te puedo explicar. No me gusta la mesa, no me gustan las sillas, no me gusta lo que se ve por esa ventana, no estoy a gusto en esta habitación, no quiero estar aquí. Si me pasara eso, daría igual que lo que me rodea fuera bonito o no, porque para mí este cuarto sería como una cárcel... Intenta imaginártelo. Entonces no pintaría lo que hay, ¿no?, pintaría lo que siento, y seguramente lo haría en blanco y negro, como si esta habitación fuera un calabozo, y le pondría alguna telaraña, sombras misteriosas en las paredes, muebles con las patas torcidas, a punto de romperse...
Me eché a reír, me parecía tan raro lo que me contaba, él sonrió conmigo, pero volvió a insistir.
-De eso se trata, de que pintes lo que tú sientas, de que dibujes las cosas como tú las ves.
Asentí con la cabeza, como si le hubiera entendido, y me pregunté qué querría decir exactamente. Lo descubrí enseguida, esa misma noche, cuando me cansé de dar vueltas en la cama, y me incorporé, y encendí la luz de la mesilla, y al resplandor débil, artificial, de una bombilla de 40 vatios envuelta en una pantalla de tela rosa, estudié los objetos que había en mi cuarto. Nunca me había gustado esa muñeca. Era tan fea, tan cursi, tan falsa. Parecía antigua pero era moderna, una copia de las viejas muñecas de porcelana. Llevaba un vestido de terciopelo marrón, horroroso, y un gorro a juego, la cara parecía un merengue caducado o la cobertura de una tarta rancia, desprendía un polvillo blancuzco cuando la tocaba, y la habían pintado con colores muy fuertes, igual que a los maniquíes de las tiendas, pero no se habían tomado el trabajo de eliminar la rebaba que unía entre sí los dedos de sus manos, como la membrana de las patas de un sapo. Cuando la vi, dije que me encantaba, pero eso lo hice porque me la había regalado mi tío Antonio, porque me la había traído de Londres, porque él vivía allí y le veía muy poco. De esto, en cambio, no se iba a enterar nadie. Cogí el bloc, el lápiz, y dibujé hasta que los ojos se me cerraron de sueño.
Ensucié muchas hojas antes de conseguir lo que pretendía. Al principio tenía problemas con el formato, era incapaz de llenar un espacio tan grande, la muñeca parecía perdida en el centro de una nada blanca y rugosa. Luego, cuando empecé a dominar las proporciones, los problemas fueron cambiando, concentrándose en su cara. Conseguía con facilidad expresiones crueles, terroríficas o grotescas, pero eso no era lo que yo veía. Así que dibujaba y borraba, y volvía a dibujar y volvía a borrar, hasta que dejaba las hojas inservibles de restos de goma y hendiduras de lápiz. Yo quería una muñeca polvorienta, desgraciada, triste, como una flor que nunca hubiera sido bonita cuando ya se ha marchitado en un vaso de duralex. Cuando estaba a punto de rendirme, el gris me salvó, me ha salvado muchas veces. Entonces aprendí que lo que no logra el dibujo puede lograrlo el color, y aunque su benéfica intervención no me regaló un triunfo completo, sino un fracaso a medias, la combinación de grises, rosas y sepias dio un resultado aceptable. El retrato de mi muñeca me inspiraba un desagrado que estaba a medio camino entre la repugnancia y las ganas de llorar, y eso al menos funcionaba.
-Está muy bien, Mari José -aprobó mi padre-. Un poco lúgubre, ¿no?, pero muy bien.
Mi profesora de dibujo no se mostró muy partidaria de que abriera tanto los ojos, sin embargo. La aplicación de mi mirada personal al objeto propuesto para un examen de fin de trimestre me costó el único aprobado por los pelos en esa asignatura que aparece en mi libro escolar. Si no me suspendio fue porque mi trabajo, estéticamente repulsivo en su opinión, no dejaba de ser el mejor de todos.
-¿Qué es esto, María José? -me preguntó cuando se lo entregué.
-Pues... mi examen -respondí.
-Eso ya lo sé -movió sus gafas hasta encajarlas en la punta de la nariz y me miró por encima de las bifocales-. Lo que te estoy preguntando es qué es lo que has dibujado.
-Una figurita de cerámica espantosa, con dos pastorcillos que parecen paralíticos, porque tienen el cuerpo desproporcionado, y en vez de inclinarse, se doblan hacia delante como si tuvieran reúma -me paré a tomar aliento, pero todavía no lo había dicho todo-. El que los ha hecho es un escultor muy malo, y el que los ha pintado es todavía peor. La cara del niño es igual que la de la Nancy.
-Eso es lo que opinas, ¿no?
-Eso es lo que veo.
-Muy bien. Pues lo que yo veo es que esto es una porquería -rasgó la lámina en cuatro trozos, los tiró a la papelera y miró el reloj-. Tienes veinte minutos para repetirlo.
-No debería haberlo roto -le advertí después de un rato, cuando la indignación se extinguió para abrir paso a una arrogancia nueva, desconocida hasta entonces para mí-. Era mi examen, y estaba bien.
Nunca repetí aquella lámina, pero comprendí enseguida que me había equivocado. Mis notas, pobres por lo general, me parecieron paupérrimas con aquel cinco en dibujo, y eso ni siquiera era lo más importante. Peor fue comprender que la única aliada que tenía entre las autoridades del colegio estaba a punto de pasarse al enemigo, recordar que no estaba previsto ningún cambio de profesor en esa asignatura para el curso siguiente, y aceptar que mi desplante no me había deparado ninguna consecuencia agradable, y sí una profunda sensación de haber metido la pata de la manera más tonta. No le conté nada a mi padre. Aproveché la primera ocasión para volver a pintar un paisaje verde, florido, pulcro, con lomas suaves y caminos sinuosos, y conejitos, y patitos, y pollitos, y un río con un puente, y una cascada de agua espumosa y otra de hiedra tropical, y me reenganché al sobresaliente como si en mi último examen no hubiera pasado nada. Pero eso no era verdad.
Todo había cambiado. Quizás antes de tiempo, y en un proceso demasiado brusco, casi violento, pero también definitivo. No había marcha atrás, porque yo no tenía la menor intención de iniciarla, y sin embargo no podía avanzar en línea recta, al menos no siempre, no en público. A la primera revelación, la mina de oro inexplorada, virgen, que yacía bajo mis párpados, sucedió una segunda, las ventajas de la impostura. A partir de entonces y hasta que acabé el bachillerato, actué como un agente doble, pintando cosas diferentes para mí y para los demás. Ni siquiera a mi padre te enseñaba todo lo que hacía, sólo algunas cosas, las más amables, suaves y convencionales. En aquella época, con catorce, quince años, mi imaginación estaba atrapada en una espiral macabra que me impulsaba a dibujar naturalezas más podridas que muertas, rosas negras a medio deshojar en jarrones de cerámica resquebrajada, limones secos con la piel arrugada y florecida de mohos, alcachofas armadas con espinas de cardo, o gente muy fea, mujeres grotescas e inmensamente gordas, hombres grotescos e ilimitadamente delgados. A mí misma me parecía muy extraño, pero no podía dejar de hacerlo porque intuía que aquel camino me llevaba a alguna parte, por más que no lograra vislumbrarla siquiera, y porque nunca había sido tan feliz dibujando, nunca había invertido tantas horas en mi bloc ni me había levantado de la mesa tan satisfecha del resultado. Nunca progresé tan deprisa como entonces, cuando estaba empezando a pensar que tal vez mi destino fuera pintar el lado horrible de todas las cosas, hasta que un domingo vino a comer la hermana pequeña de mi madre con sus hijos, y me di cuenta de que jamás había intentado dibujar a un niño.
Fue como una revelación, un fogonazo, y al mismo tiempo algo tan sencillo como invertir el proceso, modificar el sentido de una maquinaria que conocía a la perfección, asumir el desafio de pintar el lado bueno de las cosas injustas, desgraciadas o tristes. Acababa de cumplir dieciséis años.
-Tía Solé..., ¿te importa que le haga fotos a Quique?
-¿A mí? -ella se me quedó mirando, muy sorprendida-. No. ¿Por qué me iba a importar?
Cogí a mi primo en brazos, me lo llevé a mi cuarto, lo senté en la cama y le disparé un carrete entero sin interrupciones, oprimiendo el pulsador de la cámara como si mi dedo fuera un mecanismo automático. Cuando revelé las fotos, encontré más o menos lo que había buscado, y entonces lo pinté, pinté a mi primo Quique como yo le quería, lleno de luz, alegre y adorable, más allá del síndrome de Down con el que había nacido, con el que viviría toda su vida. No me engañé, ni intenté engañar a nadie. En mi dibujo, Quique, detenido para siempre en los dos años y medio, tenía la cabeza demasiado grande, las manos torpes, los brazos y las piernas muy delgados, los ojos pequeños, rasgados, oscuros. Y sin embargo brillaba. Un gris casi blanco, amable, plateado, resplandecía en su enorme frente, y reflejaba sus mejillas soleadas, calientes, que contrastaban con la intensidad de su boca abierta, los labios del color de la carne de las fresas, los dientes diminutos y blanquísimos. Cuando lo terminé, me gustó tanto que me atreví a enseñárselo también a mi madre, que era mucho más exigente conmigo que su marido.
-¡Anda, hija mía, que eliges siempre unos temas de lo más agradables! -dijo nada más verlo, pero antes de mirarlo. Cuando lo hizo, estuvo callada un rato muy largo, sin apartar los ojos del dibujo. Luego los volvió hacia mí, y vi que sonreían-. ¿Sabes lo que vamos a hacer ahora mismo? Vamos a llevarlo a enmarcar para regalárselo a la tía Soledad. Es precioso, y estoy segura de que le va a encantar. Enhorabuena, Mari José...
Quique fue mi primer modelo, y el mejor que he tenido nunca. Lo retraté muchas, muchísimas veces, a lápiz y a carboncillo, con temperas y acuarelas, y la primera vez que me atreví a pintar al óleo hice un retrato de Quique. Le pinté dormido y despierto, alegre y llorando, quieto y en movimiento, entero y por piezas. Llegué por mi propio camino al ejercicio clásico del estudio, y dibujé cientos de veces el gesto de su boca, la curva de sus párpados, sus dedos gordos, torpes, la palma abultada y lisa de sus manos sin líneas, sin relieve, hasta que me lo aprendí todo de memoria y pude prescindir de las fotografías, de los apuntes, de mi propio modelo. Entonces empecé a pintar también a otros Quiques, que no dejaban de ser él y a la vez eran distintos, a veces niñas, otras bebés, también algún adulto, mi propia versión del adulto que mi primo sería algún día, y muchos grupos, composiciones de tres, de cuatro figuras, en las que todos eran Down hasta que descubrí la eficacia de incluir un elemento distinto, una persona genéticamente normal, casi siempre una anciana, o un anciano de expresión cansada y ojos inteligentes, astutos. Mi hallazgo fue convirtiéndose en una obsesión que dejó de gustarle a mi madre, que empezó a preocupar a mi padre, pero que me deparó un brillante ingreso en la Facultad de Bellas Artes, donde miradas menos pre-juiciosas o conscientes valoraron muy deprisa mi trabajo.
Yo era «esa chica de pelo largo que pinta familias de mongólicos, ya sabes», y por eso no podía llamarme María José Sánchez García, un nombre tan fácil de olvidar. Por eso, también, adquirí algunos hábitos de los que apenas me gustaba su apariencia, como fumar unos cigarrillos artesanales que yo misma me fabricaba liando en un papelillo tabaco de pipa, o beber coñac por las mañanas. Pero entonces todo era más fácil, en primero, en segundo resultaba muy fácil destacar. La mayoría de mis compañeros alcanzaban a duras penas el nivel de un buen autor de cómics, y otros ni eso. Algunos llegaban al sobresaliente desde el trampolín de un estilo tan manido, tan convencional, tan viciosamente académico que me inspiraba menos envidia que desprecio. Había dibujantes magníficos que carecían de sentido del color, pintores natos que nunca se habían tomado la imprescindible molestia de aprender a dibujar, y algún que otro practicante del hiperrealismo fotográfico cuyo trabajo resultaba curioso, técnicamente admirable pero soso, insípido, trivial como el sabor del agua del grifo, e incapaz de conmover. Cuando terminamos tercer curso, mi grupo había perdido ya más de la mitad de los alumnos con los que empezó, y yo iba en cabeza. Era una buena dibujante, una buena pintora, y había desarrollado, si no un estilo, sí al menos un tema propio antes de cumplir veinte años. Me llamaba José Sánchez y era famosa. Y sin embargo, ahora sé que ya había empezado a dudar de mí misma.
Lo haría cada vez con más frecuencia, con una progresiva convicción, nuevos motivos. Al empezar cuarto me quedé atónita, casi paralizada por el asombro. No podía entender de dónde había salido tanta gente admirable, dónde habían estado metidos, por qué no había oído nunca hablar de ellos. En la especialidad se invirtió la situación de los cursos comunes, éramos pocos y la mayoría muy, muy buenos. Algunos me sonaban de haberlos visto alguna vez, en el bar o por los pasillos, pero otros me resultaban completamente desconocidos. Pronto descubrí que venían de otras facultades, colegios universitarios donde sólo se podía cursar el primer ciclo de la carrera o universidades con menos nivel, menos prestigio que la de Madrid. Jaime González era uno de ellos.
Había nacido en Castellón, se movía aún con la cautela propia de quien acaba de instalarse en una ciudad donde no ha vivido antes y, si hubiera podido evitarlo, creo que nunca me habría fijado en él. Pero no pude, nadie habría podido, porque no era alto, no era guapo, no era delgado, estaba abocado a convivir con un aspecto físico vulgar, más impropio aún de un artista que mi nombre propio, pero era un dibujante prodigioso, extraordinario, el mejor que he conocido jamás. La primera vez que le vi dibujar sentí algo parecido a una alucinación, como si al pisar una baldosa cualquiera del suelo, sin escogerla, sin darme cuenta, la realidad se hubiera convertido en el decorado de una película de ciencia-ficción. Si hubiera sido así, su lápiz habría sido sin duda el efecto especial más especial de todos.
-¿A ver, qué queréis?
Escuché primero su voz, un acento valenciano bastante cerrado que provenía del interior de un corro. Al acercarme, me encontré con que media docena de compañeros rodeaban a un chico que parecía de pueblo, un campesino sano, colorado, el cuello de toro y la cara muy ancha, labios gruesos, pómulos marcados, cejas espesas y una nariz larga, fina, aristocrática, que parecía trasplantada de un rostro diferente. Sostenía entre las manos un bloc de dibujo y un lápiz del que apenas asomaba la punta. Sus dedos eran fuertes, cortos, gordos como percebes, una antítesis casi ideal de lo que se supone que tienen que ser los dedos de un dibujante, las manos que había dibujado Escher.
-Bueno, voy a empezar con una Virgen de Rafael...
Primero creí que era una broma, luego que era un truco, al final acepté que era un milagro. No me paré a contar los trazos, pero habría jurado que no le había dado tiempo a completar ni una docena cuando levantó el bloc, valoró su obra, nos la enseñó y vimos una Virgen de Rafael, nada más y nada menos que una Virgen de Rafael, tan idéntica al original que se me pusieron los pelos de punta.
-Una tahitiana de Gauguin -anunció luego, y al verla, aplaudimos, silbamos, alguien gritó incluso, de sorpresa y de alborozo, mientras él se limitaba a sonreír, como si estuviera muy acostumbrado a esa clase de reacciones-. Ahora, una bailarina de Degas...
Y fue una bailarina de Degas, un dibujo borroso, deliberadamente abocetado, las zapatillas apenas insinuadas, el tutu inacabado, las líneas rotas, tal y como las hubiera dejado su autor. Aquello me impresionó tanto que ni siquiera me di cuenta de que estaba expresando mi asombro en voz alta.
-Nunca he visto nada igual -dije, y él me miró-. Parece magia.
-¿Cómo te llamas?
-José.
-Muy bien, José... -no me pidió que repitiera mi nombre, no dejó escapar ni una sola exclamación, no mostró ninguna clase de extrañeza, por eso comprendí que, aunque nunca le hubiera visto, él ya sabía quién era yo-. No te muevas.
Entonces me dibujó. No hizo una caricatura, ni le puso mi cara a ninguno de los modelos que ya dominaba, no se limitó a trazar un boceto, ni un estudio, ni un apunte que perfeccionar más tarde. Me dibujó, hizo un retrato a lápiz de mi cabeza, con el ceño fruncido y los labios abiertos en una sonrisa tibia, indecisa, mi cara en menos de veinte trazos. Yo habría necesitado muchísimos más. Lo sabía porque hacía meses que me estudiaba a mí misma. No se lo había contado a nadie, pero pretendía que mi próximo óleo fuera un autorretrato, yo con síndrome de Down, una propuesta radical que no encerraba otra cosa que el primer indicio claro de
mi inminente agotamiento.
-Es estupendo -le dije cuando le devolví el bloc, definitivamente resignada a la estupefacción-.Gracias.
Estaba segura de que arrancaría la hoja para regalármela, pero no lo hizo. Cerró el cuaderno, se metió el lápiz en un bolsillo y se levantó.
-Dibuja ahora un arlequín de Picasso -le pidió alguien.
-No. Sólo dibujo mujeres.
Mientras cruzaba el aula en dirección a la puerta, un chico que no se le parecía en nada, alto, guapo, delgado, como un arcángel desarmado, sin alas y sin espada, le saludó con una carcajada a la que el dibujante prodigioso respondió con un puñetazo blando en un brazo. En aquel momento, me sorprendió mucho verlos juntos, pero me acostumbré enseguida, todos nos acostumbramos muy pronto, cuando empezó a ser imposible verlos por separado.
A pesar de la brusquedad de aquella primera despedida, Jaime González era un tipo sociable. Tema mucho sentido del humor y talento para divertirse, le encantaba contar chistes y reírse con los que contaban los demás, le gustaba la gente. Hablaba por los codos, pero sabía escuchar, y se encontraba a gusto en el centro de las reuniones, aunque su entusiasmo se revelaría enseguida como el peor de sus defectos, además de como su principal virtud. Cuando Jaime se estaba divirtiendo, era casi imposible marcharse de un bar. No toleraba las deserciones y recurría a cualquier cosa, el chantaje, las amenazas, las súplicas llorosas y hasta los abrazos de oso, para convencer a los bebedores prudentes de que se quedaran a tomar la última copa, que con él de por medio nunca sería la última, ni siquiera la penúltima. Mientras tanto, su amigo el arcángel estaba siempre a su lado, siempre en silencio, pero sin dar nunca la impresión de aburrirse. No sólo era el chico más alto de la clase, también era el más guapo, aunque su belleza tenía un punto excesivo, ambiguo, una delicadeza casi femenina a pesar de los granos, pocos pero de tamaño considerable, que brotaban en su frente, en su cuello. Su rostro era muy perfecto y su cuerpo también, un conjunto admirable de rasgos finos, alargados, elegantes, que cobraron un sentido definitivo cuando alguien me dijo cómo se llamaba. Ningún otro alumno de mi clase habría estado a la altura de aquel nombre envidiable. Él era Marcos Molina Schulz. Y me gustaba.
Yo me consideraba casi amiga de Jaime, con esa amistad a medias que se establecía en las mesas del bar de la facultad entre quienes se sentaban juntos todos los días lectivos pero no quedaban para salir los fines de semana, cuando hablé con él por primera vez. Fue en una mañana inestable, de sol y nubes, una de esas mañanas de pesadilla en las que la luz puede llegar a cambiar varias veces en un solo minuto. Yo había llegado pronto y había pillado un buen sitio, al lado de la ventana, él trabajaba ya con formatos bastante grandes y desplazó su lienzo en varias etapas, buscando una situación mejor, hasta que lo colocó junto al mío. Le vi acercarse con el rabillo del ojo y no presté mucha atención a lo que estaba haciendo, hasta que su trabajo invadió sin remedio mi campo visual.
Era un acrílico casi acabado, la imagen de una muchacha triste con un camisón blanco. Estaba sentada con las piernas cruzadas en el suelo de baldosas de una habitación misteriosamente desangelada, porque había una cama con cabecero de tubos metálicos en buen estado, una alfombra de lana clara a sus pies, una butaca tapizada con una cretona de flores en colores alegres que hacía juego con las cortinas descorridas, un escritorio cubierto de pilas de libros, y un estante con pequeños juguetes, y todo, excepto quizás los barrotes del cabecero de la cama, demasiado austeros, casi carcelarios, debería resultar neutral, común, previsible, un dormitorio como cualquier otro, desde luego no el de la única hija de una familia burguesa, pero sí un cuarto de pensión, o de un colegio mayor, o tal vez el refugio de la criada de una familia acomodada pero respetuosa con la servidumbre. Eso es lo que debería parecer, pero no era lo que parecía. A través de la ventana se veía un cielo rosa, imposible y deslumbrante, trabajado con una técnica más propia del cromatismo abstracto que de la tradición figurativa, un recurso que se repetía en otras zonas del cuadro. Podría ser, pensé, podría ser, pero deseché enseguida esa hipótesis, porque no era eso. No sabía lo que era, excepto que lo que estaba viendo no era lo que debería ver, porque la modelo era joven, y las paredes lisas, y los muebles nuevos, y sin embargo todo se resquebrajaba, se dolía, agonizaba, las paredes se estaban cayendo a pedazos, la carcoma devoraba los muebles, la muchacha no era tal, sino una vieja precoz, consumida y exhausta.
Quizás, si no lo hubiera tenido delante, no me habría fijado siquiera, porque no tenía nada que ver con las exhibiciones de Jaime. Nada aquí era fácil, nada era rápido ni estruendoso. Por eso lo miré durante mucho tiempo, necesité mucho tiempo para comprender cuánto me gustaba, y más que eso, cómo lo envidiaba. Lo que no puede lograr el dibujo, a veces puede lograrlo el color, recordé, pero ése era un axioma para artistas mediocres, frágiles, impotentes. Él no lo necesitaba, no había tenido que abusar del gris para lograr una imagen polvorienta, desgraciada, triste, como una flor que nunca hubiera sido bonita cuando ya se ha marchitado en un vaso de duralex. Tal vez no fuera brillante, pero era profundo, violento, conmovedor. Era lo que tenía que ser, y yo nunca llegaría a tanto.
Cuando conseguí deshacerme del hechizo de aquel cuadro, me di cuenta de que estaba pegada a su autor, que me miraba sorprendido, hasta divertido, con los brazos cruzados y media sonrisa en los labios.
-Es muy bueno -le dije para justificar mi invasión, y lo repetí, como si pretendiera subrayar el elogio-. Muy bueno.
-No -contestó él-. Es Hopper, es Freud, está muy visto. No vale nada.
-No -insistí-. No estoy de acuerdo. Puede recordar a Hopper, puede recordar a Freud, pero yo no me he dado cuenta de eso antes, al mirarlo. Y me parece muy bueno, me gusta mucho, en serio.
-No lo creo.
-Sí.
-No.
-Mira, te voy a decir una cosa... -estaba molesta, casi indignada por su reacción, esa radical negación de sus méritos que me sacaría de quicio muchas otras veces-. No se trata de lo que está ahí, sino de lo que yo he visto. Y he visto muchas más cosas de las que están ahí, porque tú las has pintado. Esa luz sucia, casi tenebrosa, el cielo rosa, la tristeza... Porque todo es triste, y no tendría por qué ser así, y tú lo sabes. Por eso creo que es lo mejor que he visto en esta clase.
-No digas tonterías.
Aquel comentario me desarmó. Él no levantó la voz, no descruzó los brazos, no dejó de sonreír, y sin embargo esas tres palabras irradiaban tanta dureza que de repente me sentí ridícula, incapaz de seguir sosteniendo unos argumentos que ni siquiera me favorecían. Primero me puse colorada. Luego volví a mi lienzo, cogí la paleta, empecé a retocar el fondo de mi propio cuadro, y entonces le escuché.
-Oye, José... -su voz era tan suave, tan neutra como antes-. Si quieres, te lo regalo. En cuanto lo presente, te lo llevas.
-¿En serio? -aquello era más de lo que podía esperar, y por eso giré la cabeza, volví a mirarle, le sonreí.
-Sí. Es malo..., pero me alegro de que te guste. A mí me gusta mucho lo que haces tú. He visto tus mongólicos, son fantásticos.
Entonces giré despacio el cuadro en el que estaba trabajando. Autorretrato con síndrome de Down, y él asintió con la cabeza, apreciándolo.
-¿Lo ves? -me dijo-. Es buenísimo.
-No -respondí, y ni siquiera me di cuenta de que estaba a punto de confesar en voz alta lo que no me había atrevido todavía a decirle a nadie-. Es un puro efecto. Justo lo que parece. No hay nada debajo.
Le dije a Lorena que había empezado a sentirme muy mal de repente y no mentí. Me había olvidado el periódico en el despacho y compré otro antes de coger un taxi. La noticia era larga, elogiosa, y omitía el detalle del suicidio. Aquel silencio me inspiró un alivio trivial y pasajero.
Cuando llegué a casa, la asistenta se había marchado ya. Todo estaba limpio, recogido, helado como el vestíbulo de un mausoleo. Es increíble cómo aguanta esta mujer el frío, pensé al encender la calefacción, pero aunque puse el termostato al máximo, ya sabía que no sería fácil entrar en calor. En la pared principal del salón, encima del sofá, colgaban dos obras de Marcos, técnica mixta sobre cartón de embalaje, cuadros relativamente recientes, de la que los críticos consideraban la primera etapa de su época de madurez, antes de que empezara a retratarme en todas las mujeres jóvenes que pintaba. Los había conseguido cinco años antes, y sólo porque la galerista me debía un favor tan gordo que no le quedó más remedio que rebajarme un quince y dejarme pagar a plazos. Al contado no habría podido comprar ni siquiera uno. En aquel momento, Marcos era ya uno de los pintores más caros de su generación, y no sólo por su calidad sino porque, además, su obra circulaba muy poco.
No te lo puedes figurar, me contó aquella mujer, pinta muchísimo, pero nunca está satisfecho con nada de lo que hace... Sí me lo podía figurar, pero no dije nada, y fingí escucharla con interés mientras me contaba los tormentosos episodios de su odisea con Molina Schulz, cómo le dejaba miles de recados en el contestador a los que él no respondía jamás, cómo se negaba a abrir la puerta cuando iba a verle aunque la portera le hubiera asegurado que estaba en su estudio, cómo ya se había declarado vencida, incapaz de convencerle de que expusiera cada dos o tres años, igual que todos los demás, cómo de vez en cuando, sin tomarse la molestia de avisar, de concertar una cita de antemano, iba a verla con un par de cuadros, nunca tres, porque necesitaba dinero o porque, simplemente, ya no le gustaban, y no soportaba verlos todos los días colgados en la pared. Yo le mandaría a la mierda, te lo juro, me dijo, pero no puedo, porque estoy convencida de que va a llegar, de que está entre los que serán grandes... Por eso no quería venderme sus cuadros, pero yo tenía una carta en la manga, los herederos de un pequeño, pero muy exigente, coleccionista de El Paso, que preferirían no sacar a subasta pública las obras que habían sido la pasión de su padre si yo podía encontrarles antes una buena oferta. Ella era mi compradora ideal, y yo la suya, las dos lo sabíamos. Cuando nos despedimos, le conté una parte de la verdad, que yo había hecho Bellas Artes con Molina Schulz, que habíamos sido muy amigos, que me gustaría que supiera que había comprado sus cuadros... No quiso darme su teléfono, porque le tenía pánico, pero me prometió que le daría el mío, y lo hizo.
-Hola, José, soy Marcos. Ya me he enterado de que has comprado dos cuadros míos, y no deberías haberlo hecho, porque son muy malos, pero, en fin, como tú siempre has tenido esa manía... También sé que estás bien, así que no te lo pregunto. A veces me acuerdo mucho de tí, ¿sabes?, de Jaime y de tí y de mí, pero sobre todo de tí. Por eso te pinto. Bueno, un beso... Ya te llamaré otro día, a ver si nos vemos.
La distancia entre la penúltima frase y la última era tan oceánica que antes de que el contestador rebobinara el mensaje ya estaba segura de que no volvería a llamarme nunca más. En aquel momento me pareció lógico, normal, habían pasado muchos años, demasiados, yo no sabía cómo era Marcos ahora y él no sabía nada de mí. Me hubiera encantado hablar con él, contarle cuánto me gustaba lo que hacía, cómo me alegraba cada mañana al ver sus cuadros colgados en mi pared. Le habría dicho que yo también me acordaba mucho de él, que seguía admirándole y queriéndole aunque ya no le viera, y él me habría contestado que no dijera tonterías, así que quizás, después de todo, había sido mejor que no coincidiéramos, que yo me hubiera guardado para mí la aguja de emoción y de melancolía que sentí al escuchar su voz grabada.
Pero eso había sido cinco años antes, cuando estaba vivo. No había vuelto a saber nada de él hasta que le vi de pronto en todos los periódicos, hacía sólo unos meses. Molina Schulz reapareció en Arco después de ocho años de no exponer en Madrid, y cuando los críticos se recuperaron del pasmo, se enzarzaron en una polémica feroz, es lo mejor que ha hecho, es lo peor que ha hecho, es sublime, es decepcionante, es un punto de partida, es un callejón sin salida, que al pintor parecía divertirle mucho. A mí no me hizo ninguna gracia, en cambio. Se está automutilando, eso fue lo que pensé cuando lo vi, una serie de aguadas tan idénticas como si formaran una secuencia, colores sombríos, oscuros, mates, una paleta impropia de aquella técnica, una técnica impropia de un pintor como él, una obra menor y lúgubre, muy buena, porque era suya, pero tan negra como la mirada de un asesino condenado a la silla eléctrica. Tal vez ya se había sentenciado a sí mismo, pero yo no me di cuenta, no habría podido, porque en uno de los suplementos dominicales encontré una entrevista muy larga, con fotos de su estudio en color y a toda página. En la primera, el artista posaba sentado en su mesa. Al fondo, sobre la pared, y en un marco mucho mejor del que merecía, colgaba una lámina escolar con un paisaje verde, florido, pulcro, lomas suaves y caminos sinuosos, y conejitos, y patitos, y pollitos, y un río con un puente, y una cascada de agua espumosa y otra de hiedra tropical, todo bien empastado de cera, difuminado con el meñique y realzado con trazos finos de lápices de colores. Al verla, me emocioné tanto que ya no pude pensar en nada más.
En mi dormitorio, una muchacha triste, sentada con las piernas cruzadas sobre un suelo de baldosas, la vista baja, concentrada en un ángulo del lienzo, parecía condenada a leer eternamente la misma dedicatoria, «Para José, que es bella y benevolente». Al tumbarme en la cama me pregunté cuánto costaría ahora, en qué cifra habría incrementado su precio la muerte de su autor, y al intentar calcularlo, conseguí por fin echarme a llorar. Lloré a Marcos durante mucho tiempo, y cuando mis ojos se secaron, seguí llorándole por dentro. Creo que nunca podré dejar de hacerlo. Era el único de todos nosotros que había llegado, el único entre aquellos principiantes que estaba destinado a ser un pintor grande de verdad. Pero murió a destiempo, porque le costaba demasiado trabajo vivir.
'CASTILLOS DE CARTÓN'
ALMUDENA GRANDES
Se estrenara su versión cinematográfica en los próximos meses, de la mano del director Salvador Garcia Ruiz. Protagonizado por Nilo Mur (Marcos), Adriana Ugarte (Jose) y Biel Duran (Jaime). ¡Recomiendo leeros el libro antes de ver la pelicula! Todavía tenéis tiempo, se lee con mucha facilidad.


Reconec que em va agradar força el llibre... malgrat la quantitat de sexe que té, aquest sí que té sexe, i no la peli de la Coixet...
Ja tinc ganes de veure l'adaptació cinematogràfica...
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