La acción en Londres en una casa de Belgrave Square y en un piso de barrio de Chelsea. El escenario está dividido en dos áreas totalmente separadas. La parte izquierda es la «casa» de Harry, en Belgravia. De corado elegante, muebles de época. Cuarto de estar, hall con escalera al piso superior y puerta de entrada. Un a puerta a la cocina bajo la escalera. La parte derecha es el «piso» de James en Chelsea. Muebles modernos de buen gusto. Entre los dos decorados, un promontorio con una cabina de teléfono. La cabina está iluminada. Se distingue a una figura dentro, de espaldas. El resto del escenario está oscuro. En la casa suena el teléfono. Harry entra de la calle y enciende la luz. Va al teléfono.
HARRY.—¿Quién es?
VOZ.—¿Es Bill?
HARRY.—No, no es Bill. Bill está acostado. ¿Quién es?
VOZ.—¿Acostado? ¿Y qué hace acostado? (Pausa.)
HARRY.—¿Sabe que son las cuatro de la madrugada?
VOZ.—Dígale que se levante. Quiero hablar con él. (Pausa.)
HARRY.—¿Quién es?
VOZ.—Ande, vaya a despertarlo.
HARRY.—¿Es usted amigo suyo?
VOZ.—Ya se lo diré a él.
HARRY.—¿Ah, sí? (Pausa.)
VOZ.—¿No le va a avisar?
HARRY.—No; no pienso avisarle. (Pausa.)
VOZ.—Dígale que volveré a llamar.
El teléfono se corta. Harry cuelga y se queda pensando. La figura de la cabina sale. Harry sube despacio la escalera. Oscuro. Se ilumina el piso. Luz de mañana. James entra fumando y se sienta en el sofá. Stella entra del cuarto de dormir poniéndose un reloj de pulsera. Saca un perfumador del bolso y se perfuma la garganta y las manos. Después procede a ponerse los guantes.
STELLA.—Me voy. (Pausa.) ¿No vas a venir a la tienda? (Pausa.)
JAMES.—No.
STELLA.—Tienes varias personas citadas. (Pausa. Coge una chaqueta y se la pone.) ¿Quieres que yo les telefonee cuando llegue?
JAMES.—Sí... ¿Por qué no?
STELLA.—¿Qué piensas hacer? (Él la mira, sonríe un momento y pasa.) Jimmy... (Pausa.) ¿Vas a salir? (Pausa.) ¿Estarás aquí... esta noche?
James busca un cenicero, apaga el pitillo y no contesta. Stella da media vuelta y sale. Oímos el golpe de la puerta de entrada. James continúa mirando el cenicero. El piso queda a media luz. Sube la luz de la casa. Es por la mañana. Entra Bill de la cocina con una bandeja que coloca en la mesa. Se sirve té y empieza a leer el periódico. Harry aparece en bata. Tropieza en la alfombra. Bill se vuelve.
BILL.—¿Qué te ha pasado?
HARRY.—La varilla de ese escalón. Dijiste que ibas a arreglarla.
BILL.—La he arreglado.
HARRY.—No muy bien. (Se sienta y pone la cabeza entre las manos.) ¡Ay...! (Bill le llena la taza de té.) ¿Dónde está mi zumo? No he tomado mi zumo de fruta. (Bill mira el zumo de la bandeja.) ¡Ah!Está ahí... (Bill le da el vaso.) ¿Qué es? ¿Piña?
BILL.—Pomelo. (Pausa.)
HARRY.—Estoy harto de esa varilla suelta. ¿Por qué no la arreglas de una vez? Supongo que... supongo que todavía sabes utilizar las manos. (Pausa.)
BILL.—¿A qué hora volviste anoche?
HARRY.—A las cuatro.
BILL.—¿Divertido? (Pausa.)
HARRY.—¿No has hecho tostadas?
BILL.—No. ¿Quieres?
HARRY—No. No quiero.
BILL.—Las puedo hacer en un momento.
HARRY.—No. No te molestes. (Pausa.) ¿Sabes que anoche te llamó una especie de maniático? (Bill le mira.) A las cuatro. Cuando llegué estaba sonando el teléfono.
BILL.—Y ¿quién era?
HARRY.—No lo sé.
BILL.—¿Qué quería?
HARRY.—Hablar contigo.
BILL.—¡Hummm! (Pausa.)
HARRY.—No quiso ni decirme su nombre. ¿Quién pudo haber sido?
BILL.—No tengo ni idea.
HARRY.—Estuvo muy insistente. Dijo que volvería a llamarte. (Pausa.) ¿Quién demonios pudo ser?
BILL.—Ya te he dicho... que no tengo la más remota idea.(Pausa.)
HARRY.—¿Conociste a alguien la semana pasada?
BILL.—¿Que si conocí? ¿Qué quieres decir?
HARRY.—Quiero decir, si podría ser alguien que hubieras conocido. Has debido ver a mucha gente.
BILL.—No hablé con nadie.
HARRY.—Debes haberte aburrido mucho.
BILL.—No estuve más que una noche. ¿Más té?
HARRY.—No, gracias. (Bill se sirve té.)
La cabina del teléfono se ilumina un poco. Vemos a una figura entrar en ella.
HARRY.—Voy a afeitarme. (Mira a Bill que está leyendo el periódico. Al cabo de un momento Bill le mira.)
BILL.—¿Qué hay...?
Silencio. Harry se levanta y sube la escalera, cuidando mucho el escalón de la varilla suelta. Bill lee el periódico. Suena el teléfono. Bill descuelga.
BILL.—¿Quién es?
VOZ.—¿Es Bill?
BILL.—Sí...
VOZ.—¿Está en casa?
BILL.—¿Quién habla?
VOZ.—Espéreme. Voy en seguida.
BILL.—¿Qué dice? ¿Quién es?
VOZ.—En dos minutos. ¿De acuerdo?
BILL.—No puede ser. Aquí hay gente.
VOZ.—No se preocupe. Iremos a otro cuarto.
BILL.—Esto es ridículo. ¿Le conozco a usted?
VOZ.—Me conocerá... cuando me vea.
BILL.—¿Me conoce usted a mí?
VOZ.—Quédese ahí. No tardo nada.
BILL.—¿Pero qué es lo que quiere? ¡Oiga!Tengo que salir ahora mismo. No estaré en casa.
VOZ.—Ahora mismo voy.
Corta el teléfono. Bill cuelga. La luz de la cabina baja cuando la figura sale y se va hacia la izquierda. Bill se pone la chaqueta. Va al hall. Se pone el abrigo. Ligero pero sin correr. Abre la puerta y sale a la calle, hacia la derecha.
VOZ DE HARRY.—Bill, ¿eres tú? (Aparece arriba.) ¡Bill!
Baja a la sala y se queda mirando la bandeja. Después la toma y la lleva a la cocina. James aparece en la calle por la izquierda. Se queda mirando la casa. Harry aparece y empieza a subir la escalera . James llama a la puerta. Harry baja y abre.
HARRY.—¿Qué quiere?
JAMES.—Busco a Bill Lloyd.
HARRY.—Ha salido. ¿Quiere algo?
JAMES.—¿A qué hora volverá?
HARRY.—No lo sé. ¿Le conoce?
JAMES.—Volveré otra vez.
HARRY.—Puede dejar su nombre. Se lo diré cuando le vea.
JAMES.—Es igual. Dígale que he venido.
HARRY.—¿Que ha venido quién?
JAMES.—Siento haberle molestado. (Hace ademán de marcharse.)
HARRY.—Un momento. (James se detiene.) Usted es quien telefoneó anoche,¿verdad?
JAMES.—¿Anoche?
HARRY.—¿Y ha telefoneado esta mañana temprano?
JAMES.—No... Lo siento...
HARRY.—¿Qué es lo que quiere?
JAMES.—Quiero hablar con Bill.
HARRY.—¿No ha telefoneado también hace un momento?
JAMES.—Me parece que se equivoca.
HARRY.—Me parece que no.
JAMES.—Usted no sabe nada de este asunto.
Da media vuelta, y se va. Harry se queda mirándole. Oscuro. El piso se ilumina con luz de la luna. Se oye la puerta. Entra Stella y enciende. Va al otro cuarto y llama.
STELLA.—¡Jimmy!
Silencio. Se quita los guantes y deja el bolso. Queda un momento quieta y luego pone un disco en el gramófono. Después entra en el dormitorio. Sube la luz de la casa. Noche. Bill entra de la cocina. Trae unas revistas. Las deja sobre la mesa, se sirve una copa y luego se sienta a leer. Stella entra acariciando un gato persa blanco y se tumba en el sofá. En la casa, Harry baja la escalera. Mira un momento a Bill y sale a la calle por la derecha. James aparece en la calle por la izquierda, mira hacia donde se fue Harry y llama a la puerta. Bill se levanta y va a abrir. La luz del piso baja.
BILL.—¿Qué desea?
JAMES.—¿Bill Lloyd?
BILL.—Sí.
JAMES.—Quiero... quiero hablar un momento con usted. (Pausa.)
BILL.—No me parece que le conozca.
JAMES.—¿No?
BILL.—No.
JAMES.—Bueno. Pero tengo que hablar con usted.
BILL.—Lo siento mucho. Estoy ocupado.
JAMES.—No será largo.
BILL.—Mire, por qué no me escribe lo que quiere...
JAMES.—Eso no es posible. (Pausa.)
BILL.—Lo siento... (James pone el pie en la puerta.)
JAMES.—Mire... Estoy decidido a hablarle. (Pausa.)
BILL.—¿Me telefoneó usted hoy?
JAMES.—Exacto. Vine, pero usted se había marchado.
BILL.—¿Vino? No lo sabía.
JAMES.—Es mejor que me deje pasar. ¿No cree?
BILL.—No puede invadir una casa de esta forma. ¿Qué es lo que quiere?
JAMES.—No pierda más el tiempo y déjeme pasar.
BILL.—Podría llamar a la Policía.
JAMES.—No vale la pena. (Se miran.)
BILL.—Está bien.
James entra. Bill cierra la puerta. James cruza el hall al cuarto de estar y mira a su alrededor. Bill le sigue.
JAMES.—¿Tiene aceitunas?
BILL.—¿Cómo sabía mi nombre?
JAMES.—¿No tiene aceitunas?
BILL.—¿Aceitunas? No creo.
JAMES.—¿Quiere decir que no tiene aceitunas para sus invitados?
BILL.—Usted no es un invitado, sino un intruso. (Corta pausa.) ¿Qué puedo hacer por usted?
JAMES.—¿Le importa que me siente?
BILL.—Sí, me importa.
JAMES.—Bueno. Se repondrá.
Se sienta. Bill le mira de pie. James vuelve a levantar se, se quita el abrigo que echa sobre una butaca y se vuelve a sentar.
BILL.—¿Cómo se llama usted?
JAMES. (Alcanza un bol de fruta y toma una uva.)— ¿Dónde dejo las pepitas?
BILL.—En su bolsillo.
JAMES. (Saca tranquilamente la cartera y deposita las pepitas. Le mira.)— No está usted nada mal.
BILL.—Gracias.
JAMES.—Vamos, no es que parezca una estrella de cine, pero me figuro que pasa por guapo.
BILL.—Eso es más de lo que yo puedo decir de usted.
JAMES.—Me es completamente indiferente lo que diga de mí.
BILL.—Pues, a mí, lo que usted diga no puede importarme menos. Y ahora, ¡vamos!, ¡por favor!, ¿qué es lo que quiere?
James se levanta y se va a la mesa de las bebidas. En el piso, Stella se levanta y sale acariciando su gato. La luz del piso se apaga. James se sirve un whisky.
BILL.—¡Salud!
JAMES.—¿Lo pasó bien en Leeds la semana pasada?
BILL.—¿Cómo?
JAMES.—¿Lo pasó bien en Leeds la semana pasada?
BILL.—¿En Leeds?
JAMES.—¿Lo pasó bien?
BILL.—¿Qué le hace pensar que estuve en Leeds?
JAMES.—Cuénteme. ¿Vio bien la ciudad? ¿Pudo ir al campo?
BILL.—¿Pero de qué está hablando?
JAMES.—Fue allí para el congreso de la moda. Llevó su colección.
BILL.—¿Usted cree?
JAMES.—Paró en el Hotel Westbury.
BILL.—¿Sí?
JAMES.—Habitación ciento cuarenta y dos.
BILL.—¿Ciento cuarenta y dos? ¡Ah...!¿Era un buen cuarto?
JAMES.—Bastante bueno.
BILL.—¡Más vale!
JAMES.—Tenía usted un pijama amarillo.
BILL.—¿De veras? ¿Con iniciales negras?
JAMES.—Sí. Lo tenía en el ciento sesenta y cinco.
BILL.—¿En dónde?
JAMES.—En el ciento sesenta y cinco.
BILL.—Creí que era el ciento cuarenta y dos.
JAMES.—Tomó el ciento cuarenta y dos, pero no se quedó en él.
BILL.—Parece absurdo, ¿no cree?, tomar un cuarto para no quedarse en él.
JAMES.—El ciento sesenta y cinco está al fondo del mismo pasillo del ciento cuarenta y dos, con lo que no tuvo que andar mucho.
BILL.—¡Ah!¡Menos mal!
JAMES.—Pudo usted volver con toda comodidad para afeitarse.
BILL.—¿Del ciento sesenta y cinco?
JAMES.—Sí.
BILL.—¿Y qué fui a hacer allí?
JAMES.—Era el cuarto de mi mujer. Fue usted a acostarse con ella. (Un silencio.)
BILL.—¿Quién le ha contado todo eso?
JAMES.—Ella.
BILL.—Debería usted llevarla al médico.
JAMES.—Tenga cuidado.
BILL.—¡Humm!¿Quién es su mujer?
JAMES.—Usted sabe quién es.
BILL.—No. No sé quién es.
JAMES.—¿No?
BILL.—No. No estuve en Leeds la semana pasada, ni conozco a su mujer, amigo mío; aparte de eso... este tipo de aventuras... no es el mío,¿comprende? (Pausa.) Bueno. Asunto concluido. ¿No le parece? (James le mira en silencio.) Si no le importa... Estoy esperando a unos amigos para un cóctel. Quieren presentarme al Parlamento, ¿sabe usted? (James le mira.) Se empeñan en hacerme ministro.
JAMES. (Se levanta, confidencialmente.)—Si ha tratado a mi mujer como a una prostituta, tengo todo el derecho...
BILL.—¡Pero si no conozco a su mujer!
JAMES.—La encontró el viernes, a las diez de la noche, en el bar del hotel. La invitó a unas copas. Subieron juntos en el ascensor. Usted no le quitaba los ojos de encima. Vio que estaban en el mismo piso. Se quedaron hablando en el pasillo. La acompañó a la puerta del cuarto. La seguía mirando. Al fin se dijeron buenas noches. Fue usted a su cuarto. Se puso el pijama amarillo con un batín negro y volvió diciendo que se le había olvidado la pasta de dientes. Ella abrió la puerta, estaba todavía vestida. Usted entró. Admiró el cuarto. Dijo que no tenía sueño. Se sentó en la cama. Siguieron hablando. Ella le rogó que se marchara; usted se negó. Ella le amenazó con llamar. Usted le pintó lo triste de su situación, lo que había de común en sus vidas, solos, trabajando, sobre todo en el caso de una mujer, la compadeció, la besó. Se quedó en el cuarto.(Pausa.)
BILL.—Si no le importa... le agradecería que se marchara. Me está levantando dolor de cabeza.
JAMES.—Usted sabía que estaba casada. ¿Por qué lo hizo?
BILL.—Ella también sabría que estaba casada... Digo yo. (Pausa. Ríe.) ¿No sabe qué decir? Tiene que comprender que todo esto son tonterías. Tiene que saberlo. (Va a una caja y toma un cigarrillo. Lo enciende.) ¿Se supone que ella me hizo resistencia?
JAMES.—Un poco.
BILL.—¿Sólo un poco?
JAMES.—Sí.
BILL.—¿Y usted la cree?
JAMES.—Sí.
BILL.—¿Todo lo que dice?
JAMES.—Todo.
BILL.—¿Qué clase de resistencia? ¿Me mordió?
JAMES.—No.
BILL.—¿Me arañó?
JAMES.—Algo.
BILL.—Mire. Tiene usted una mujer encantadora, ¿verdad?, que le tiene informado de todo hasta el menor detalle. Dice que me arañó, ¿no es eso?¿Dónde? (Le enseña las manos.) Nada. Ni una señal. Ni un solo arañazo. Si quiere vamos ante un notario y me desnudo. Para que vea que no tengo n¡ un solo arañazo en todo el cuerpo. ¡Eso es!Lo que necesitamos son testigos imparciales. ¿Tiene usted testigos? ¿Nada? ¿Ni una criada, ni un camarero que echarse a la boca? (James aplaude un momento.)
JAMES.—¡Bravo!¿Sabe que es usted un chistoso? No creí que fuera tan divertido. ¿Sabe lo que me parece usted?
BILL.—¿El qué?
JAMES.—Un chistoso.
BILL.—¡Muchas gracias!
JAMES.—No. No me duelen prendas. ¿No quiere una copa?
BILL.—Muy amable Le repito las gracias.
JAMES.—¿Qué quiere tomar?
BILL.—¿Tiene usted vodka?
JAMES.—Déjeme ver... Sí, ¡aquí hay vodka!
BILL.—¡Opíparo!
JAMES.—Dígalo otra vez.
BILL.—¿El qué?
JAMES.—Esa palabra.
BILL.—¿Opíparo?
JAMES.—Eso.
BILL.—Opíparo.
JAMES.—Preciosa. Seguramente la aprendió en el colegio.
BILL.—Pues ahora que lo dice, creo que sí.
JAMES.—Me lo parecía. Aquí tiene su vodka.
BILL.—Muy generoso de su parte. Gracias.
JAMES.—De nada. Chin-chin.
BILL.—Chin-chin.
JAMES.—Dígame una cosa...
BILL.—¿Qué quiere?
JAMES.—Apuesto que es usted el éxito de las fiestas.
BILL.—Es usted muy amable de pensarlo, pero no tengo tanto éxito como supone.
JAMES.—Vamos, confiéselo.
BILL.—Pues no. No tengo éxito en las fiestas. El que lo tiene es el señor que vive aquí conmigo.
JAMES.—¡Ah!Le he conocido. Parece un gran tipo.
BILL.—Ese está siempre convidado. Sabe toda clase de trucos.
JAMES.—¿Trucos de esos de sombreros y conejos?
BILL.—No, de esos no. Me refiero a juegos y conversación, y ese género de cosas.
JAMES.—Debe ser muy interesante.
BILL..—Sí, muy interesante. Bueno, pues he tenido mucho gusto en conocerle. Tiene que volver por aquí cuando mejore el tiempo. (James hace un súbito movimiento hacia adelante. Bill retrocede, tropieza en un puff y cae al suelo. James se ríe. Pausa.) Me ha hecho derramar la copa. (James está de pie sobre él.) Desde aquí le puedo dar fácilmente un puntapié. (Pausa.) ¿Va a dejar que me levante? (Pausa.) ¿Va a dejar que me ponga de pie? (Pausa.) Escuche... Voy a decirle una cosa... (Pausa.) Si me deja ponerme de pie... (Pausa.) porque así no estoy muy cómodo. (Pausa.) Si me deja ponerme de pie... le...le diré la verdad. (Pausa.)
JAMES.—Dime la verdad ahí.
BILL.—No, no. Cuando me levante.
JAMES.—Dime la verdad ahí.
BILL.—Bueno, está bien. S¡ se lo digo es porque ya estoy harto de esta historia. La verdad... es que no ocurrió... no ocurrió lo que usted ha dicho en todo caso. Yo no sabía que estaba casada. Nunca me lo dijo. Pero no pasó lo que usted cree, se lo aseguro. Lo que pasó fue... bueno, sí, subimos juntos en el ascensor... y al salir, de repente, me la encontré en los brazos. No fue mi culpa, nada estaba más lejos de mi imaginación. La mayor sorpresa de mi vida, no sé que le dio de pronto, pero yo... bueno, no es que yo rehusara... nos estuvimos besando en el pasillo, allí no había nadie, y eso fue todo. Después se fue a su cuarto. (Consigue sentarse en el puff.) Todo lo demás no ocurrió… Se lo aseguro... ¡claro...!Comprendo que esté usted alterado, pero de verdad, le aseguro que fue todo lo que ocurrió: unos cuantos besos. (Se pone de pie y se limpia el jersey.) Lo siento mucho y no me explico por qué ella ha inventado lo demás. Pura fantasía, más bien una maldad. Debe haber querido hacerle daño. Es alarmante. (Pausa.) ¿La conoce bien?
JAMES.—A medianoche se bañó en su cuarto de baño. Usó su toalla y anduvo por el cuarto envuelto en ella jugando a ser un romano.
BILL.—¿Yo?
JAMES.—Yo la llamé por teléfono para preguntarle cómo estaba. Me dijo que bien, pero hablaba muy bajo. Le pedí que subiera la voz. Todo ese tiempo usted estaba sentado en la cama, a su lado. (Un silencio.)
BILL.—Sentado no. Acostado.
Oscuro. Campanas de iglesia. Luz de día en toda la escena. Es la mañana de un domingo. James está sentado en el cuarto de estar del piso, leyendo un periódico. Harry y Bill están en la sala de la casa tomando café. Bill lee también el periódico. Harry le mira. Un silencio. Campanas. Silencio.
HARRY.—Deja ese periódico.
BILL.—¿Cómo?
HARRY.—Deja ese periódico.
BILL.—¿Por qué?
HARRY.—Porque ya lo has leído.
BILL.—No todo. Hay mucho que leer.
HARRY.—Te he dicho que lo dejes. (Pausa. Bill le mira. Después le tira el periódico y se pone de pie. Harry coge el periódico y lee.)
BILL.—¿Lo querías tú? Haberlo dicho. (Harry agarra el periódico y lo tira.)
HARRY.—Yo no lo quiero. Tómalo tú.
BILL.—Estás algo raro esta mañana.
HARRY.—¿Te parece que estoy raro?
BILL.—Te lo aseguro.
HARRY.—Ya sabes por qué.
BILL.—No.
HARRY.—Son esas campanas. Me perturban.
BILL.—Yo ni las oigo.
HARRY.—Sí. No me sorprende. (Bill se agacha a recoger el periódico.) Deja ese periódico.
BILL.—¿Por qué?
HARRY.—No lo toques. (Bill le mira, lo recoge despacio y se lo tiende a Harry.)
BILL.—Tómalo. Yo no lo quiero.
Bill se marcha por la escalera. Harry abre el periódico y lee. Stella entra al cuarto del piso con una bandeja con café y galletas. Llena las tazas y le tiende una a James. Ella bebe.
STELLA.—¿Quieres una galleta?
JAMES.—No, gracias.
STELLA.—Son muy buenas.
JAMES.—Engordarás.
STELLA.—¿Con galletas?
JAMES.—No querrás engordar.
STELLA.—¿Por qué no?
JAMES.—¿O quizá sí?
STELLA.—No es una de mis ilusiones.
JAMES.-—¿Cuáles son tus ilusiones? (Pausa.) Yo quisiera una aceituna.
STELLA.—¿Aceitunas? No tenemos.
JAMES.—¿Cómo lo sabes?
STELLA.—Lo sé.
JAMES.—¿Has mirado?
STELLA.—No me hace falta mirar. Sé muy bien lo que tengo.
JAMES.—¿Sabes lo que tienes? (Pausa.) ¿Y por qué no tenemos aceitunas?
STELA.—No sabía que te gustaban.
JAMES.—Esa debe ser la razón por la que nunca las hemos tenido. No te has interesado bastante para saber si me gustaban o no.
Suena el teléfono en la casa. Harry deja el periódico y va a él. Al mismo tiempo Bill baja la escalera. Los dos se paran y se miran un momento. Harry descuelga. Bill entra en la sala,recoge el periódico y se sienta.
HARRY.—¿Quién es...? ¿Cómo? No, se ha confundido. (Cuelga.) Se habían confundido. ¿Quién creías que era?
BILL.—No creía nada.
HARRY.—Por cierto; ayer vino a verte un tipo.
BILL.—¿Ah, sí?
HARRY.—Justo después de que hubieras salido.
BILL.—¿Ah, sí? (Deja el periódico. Lo coge Harry.)
HARRY.—Sí. Preguntó por ti. Quería hablar contigo.
BILL.—¿Sobre qué?
HARRY.—Quería saber si te limpiabas los zapatos con pasta de dientes.
BILL.—¿De veras? Qué raro.
HARRY.—No. Nada raro. Debe ser una especie de encuesta pública.
BILL.—¿Y qué aspecto tenía?
HARRY.—Pues tenía pelo amarillo, una pata de palo, ojos saltones verdes y tupé. ¿Le conoces?
BILL.—Nunca le he visto.
HARRY.—¿Le reconocerías si le vieras?
BILL.—Lo dudo.
HARRY.—¿Cómo? ¿A un tipo de ese aspecto?
BILL.—Hay mucha gente rara.
HARRY.—Eso es verdad. Muy verdad. Lo único es que esa persona que digo estuvo aquí anoche.
BILL.—¿De veras? Yo no la vi.
HARRY.—Sí, le viste. Pero quizá anoche llevara una careta. Seguramente era el mismo, pero con careta.
BILL.—Desde luego que esas campanas te han afectado.
HARRY.—Sí, no me han hecho ningún bien. Pero la cuestión es que no me gusta tener en mi casa a desconocidos a quienes no he invitado. (Pausa.)
(...)
La colección
(The collection)
HAROLD PINTER
1961


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