jueves, 5 de agosto de 2010

LA CAÍDA (La chute) Albert Camus 1956

¿Señor, puedo ofrecerle mis servicios, sin correr el riesgo de parecerle importuno? Temo que no logre usted hacerse comprender por el estimable gorila que preside los destinos de este establecimiento. En efecto, sólo habla holandés. Amenos que usted no me autorice a abogar por su causa, él no adivinará que desea usted ginebra. Vamos, me atrevo a esperar que haya comprendido. Ese cabeceo ha de significar que el hombre se rinde a mis argumentos. Sí, en efecto, ya va, seapresura con una sabia lentitud. Tiene usted suerte, no gruñó. Cuando se niega a servir, le basta un gruñido, y entonces ya nadie insiste. Ser rey de sus humores es el privilegio de los animales más evolucionados. Pero, en fin, me retiro, señor, contento de haberle sido útil. Se lo agradezco y aceptaría, si estuviera seguro de no serle molesto. Es usted demasiado amable. Pondré, pues, mi vaso junto al suyo.

Tiene usted razón, su mutismo es ensordecedor. Es el silencio de las selvas primitivas, cargado a más no poder. A veces, me sorprende la obstinación que pone nuestro taciturno amigo en su inquina por las lenguas civilizadas. Su oficio consiste en recibir a marinos de todas las nacionalidades en este bar de Ámsterdam que él llama, por lo demás, sin que nadie sepa por qué, México-City. Con semejantes deberes, bien pudiera temerse, ¿no lo cree usted?, que su ignorancia sea muy incómoda. ¡Imagínese al hombre de Cro-Magnon instalado en la torre de Babel! Por lo menos, el hombre de Cro-Magnon se sentiría un extraño en ese mundo. Pero éste, no; éste no siente su destierro. Sigue su camino sin que nada lo alcance. Una de las raras frases que oí de su boca proclamaba qué todo era cuestión de tomarlo o de dejarlo. ¿Qué era lo que había que tomar o dejar? Probablemente a nuestro propio amigo. Se lo confesaré: me atraen esas criaturas hechas de una sola pieza. Cuando, por oficio o por vocación, uno ha meditado mucho sobre el hombre, ocurre que se experimente nostalgia por los primates. Éstos no tienen pensamientos de segunda intención.

Nuestro huésped, a decir verdad, tiene algunos, aunque los alimenta oscuramente. A fuerza de no comprender lo que se dice en su presencia, ha adquirido un carácter desconfiado. De ahí le viene ese aire de gravedad sombría, como si tuviera la sospecha, por lo menos, de que algo no marcha bien entre los hombres. Esta disposición suya hace menos fáciles las discusiones que no atañen a su oficio. Mire por ejemplo allí, por encima de su cabeza, en la pared del fondo, ese espectáculo que marca el lugar de un cuadro que ha sido descolgado. Efectivamente, antes había allí un cuadro y particularmente interesante. Era una verdadera obra maestra. Pues bien, yo estuve presente cuando el amo de este lugar lo recibió y luego cuando lo cedió. En los dos casos lo hizo con la misma desconfianza, después de pasarse semanas rumiándolo. A este respecto, la sociedad echó a perder un poco, hay que reconocerlo, la franca simplicidad de su naturaleza.

Advierta usted bien que no lo juzgo. Considero fundada su desconfianza y yo mismo la compartiría de buena gana, si, como usted lo ve, mi naturaleza comunicativa no se opusiera a ello. Soy parlanchín, ¡ay!, y entablo fácilmente conversación. Aunque sepa guardar las distancias convenientes, todas las ocasiones son para mí buenas. Cuando vivía en Francia no podía encontrarme con un hombre de espíritu sin que inmediatamente me pegara a él. ¡Ah, advierto que le choca ese pretérito imperfecto de subjuntivo!1 Confieso mi debilidad por ese modo y el lenguaje correcto y elegante en general. Y es una debilidad que me reprocho, créamelo. Bien conozco que el gusto por la ropa blanca fina no supone necesariamente que uno tenga los pies sucios. Una cosa no impide la otra. El estilo, lo mismo que la ropa interior fina, disimula con demasiada frecuencia el eczema.

Me consuelo diciéndome que, después de todo, los que farfullan un idioma no son, tampoco ellos, puros. Pero, claro está, volvamos a beber ginebra. ¿Se quedará usted mucho tiempo en Ámsterdam? Hermosa ciudad, ¿no le parece?

¿Fascinante? He aquí un adjetivo que no oía desde hace mucho tiempo, desde que abandoné Paris, para ser más preciso, hace ya varios años. Pero el corazón tiene su memoria y yo no olvidé nada de nuestra hermosa capital ni de sus muelles. París es un verdadero espejismo, una soberbia decoración habitada por cuatro millones de siluetas. ¿Casi cinco millones según el último censo? ¡Vaya que habrán hecho hijos! Y, a decir verdad, no me asombra. Siempre me pareció que nuestros conciudadanos tenían dos furores: las ideas y la fornicación. A troche y moche, por así decirlo. Guardémonos, por lo demás, de condenarlos; no son los únicos. Toda Europa hace lo mismo. A veces imagino lo que habrán de decir de nosotros los historiadores futuros. Les bastará una frase para caracterizar al hombre moderno: fornicaban y leían periódicos. Después de esta aguda definición me atrevería a decir que el tema quedará agotado.

¿Los holandeses? Oh, no; son mucho menos modernos. Tienen tiempo; mírelos usted. ¿Qué hacen? Pues bien, estos señores viven del trabajo de esas señoras. Por lo demás, son machos y hembras, criaturas muy burguesas, que han venido aquí, como de costumbre, por mitomanía o por estupidez; en suma, por exceso o por falta de imaginación. De cuando en cuando, esos señores sacan a relucir el cuchillo o el revólver. Pero no crea usted que la cosa va en serio. Su papel exige que lo hagan así. Eso es todo; se mueren de miedo cuando disparan sus últimos cartuchos. Aparte de esto, los encuentro más morales que a los otros, los que matan en familia. ¿No ha advertido usted que nuestra sociedad se organizó para esta clase de liquidación?

Desde luego que ha oído usted hablar de esos minúsculos peces de los ríos brasileños que atacan por millares y millares al nadador imprudente, lo limpian en unos pocos instantes con mordiscos pequeños y rápidos y no dejan-de él más que un esqueleto inmaculado, Y bien, ésa es su organización. "¿Quiere usted una vida limpia? ¿Como todo el mundo?" Naturalmente que usted dice si. ¿Cómo decir no? "De acuerdo, vamos a limpiarlo. Aquí tiene un oficio, una familia, comodidades y expansiones organizadas." Y los pequeños dientes atacan la carne hasta los huesos.Pero, soy injusto. No hay que decir que sea su organización; mirándolo bien, es la nuestra: todo está en saber quién limpiará a quién.

Ah, por fin nos traen nuestra ginebra. ¡Por su prosperidad! Sí, el gorila abrió la boca para llamarme doctor. En estos países todo el mundo es doctor o profesor. A la gente le gusta respetar, por bondad y también por modestia. Aquí por lo menos la ruindad no es una institución nacional. Y, dicho sea de paso, yo no soy médico. Si quiere saberlo, era abogado antes de venir aquí. Ahora soy juez penitente.

Pero permítame que me presente: Jean-Baptiste Clamence, para servir a usted. Encantado de conocerlo. Probablemente es usted hombre de negocios, ¿no es así? ¿Más o menos? ¡Excelente respuesta! Y también muy cuerda, pues en todo somos siempre más o menos.

Veamos, permítame hacer un poco el papel de pesquisante. Tiene usted más o menos mi edad, el ojo avezado de los cuarentones que, más o menos, están ya todos de vuelta. Va usted más o menos bien vestido, es decir, como lo hacemos en Francia, y tiene las manos suaves. ¡De manera que es más o menos un burgués! ¡Pero un burgués refinado! Que le choquen los pretéritos imperfectos de subjuntivo prueba doblemente su cultura. Primero, porque los reconoce, y luego porque le irritan los nervios. Por último veo que le divierto, lo cual, sin vanidad, supone en usted cierta amplitud de espíritu. De modo que, más o menos es usted..., pero, ¿qué importancia tiene?

Las profesiones me interesan menos que las sectas. Permítame que le haga dos preguntas y respóndalas únicamente en el caso de que no las juzgue indiscretas. ¿Tiene usted bienes de fortuna? ¿Algunos? Bien. ¿Los compartió con los pobres? No. Entonces es lo que yo llamo un saduceo. Si no practicó las Escrituras, hay que reconocer que no ha progresado usted gran cosa. ¿No? Entonces, ¿conoce usted las Escrituras? Decididamente usted me interesa.

En cuanto a mí... Bueno, júzguelo usted mismo. Por la estatura, los hombros y esta cara de la que a menudo me han dicho que era adusta, doy la impresión de ser un jugador de rugby, ¿no es cierto? Pero, si ha de juzgarse por la conversación, deberá admitirse que tengo cierto refinamiento. El camello cuyo pelo sirvió para hacer mi abrigó probablemente tenía sarna; pero en cambio llevo las uñas pulidas. Yo también soy avisado, y sin embargo me confío a usted sin precauciones por su aspecto. Por último, a pesar de mis buenas maneras y de la forma elegante de expresarme, frecuento bares de marineros del Zeedijk. ¡Vamos, no busque más! Mi oficio, lo mismo que la criatura, es doble. Eso es todo. Ya se lo dije, soy juez penitente. En lo que me concierne, sólo una cosa es clara: no poseo nada. Sí, fui rico; no, no compartí nada con los pobres. ¿Y qué prueba eso? Que yo también era un saduceo... Oh, ¿oye las sirenas del puerto?




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